Nostalgia del Reino

¿Dónde está la izquierda?

De todos las tragedias políticas de los últimos dos años, creo que la que más me ha costado entender y aceptar fue la abstención de Mélenchon en la segunda ronda de las presidenciales francesas, hace ahora casi un año. Se trataba de elegir entre un candidado liberal y una fascista. Cualquier persona de bien, da igual su orientación, debía tener claro a quién votar allí. Yo me he preguntado a veces a quién habría votado en primera ronda (mi candidato natural habría sido Hamon, socialista apoyado por los ecologistas, pero no sé si no habría votado a Macron para evitar tener que elegir en segunda ronda entre una fascista y un ultraconservador. De lo que no tengo duda es que habría votado a Macron en esa segunda ronda. No habia allí nada que pensar, era una obligación moral. El cómo Mélenchon y quienes votaron por su propuesta no lo consideraban así todavía me persigue, un año después. De la misma forma que me persigue la obsesión de muchos izquierdistas por primero Chávez y luego Maduro, por la cuba castrista, o, en los casos más enfermizos, Putin o al-Ásad.

Las películas del 2017

El 2017 ha sido un año extraño, y difícil, regresando a Madrid, y pensando de nuevo en dejarlo, uno de esos años de transición que no sabes dónde estás, ni a dónde vas realmente. Por eso dos de las tres películas que cito aquí son en realidad del 2016, aunque yo no las vi hasta regresar a Madrid, en febrero.

Elegías

Und so drängen wir uns und wollen es leisten,
wollens enthalten in unsern einfachen Händen,
im überfüllteren Blick und im sprachlosen Herzen.
[…]
Sind wir vielleicht hier, um zu sagen: Haus,
Brücke, Brunnen, Tor, Krug, Obstbaum, Fenster, - *
*höchstens: Säule, Turm…

Gorriones

El sábado, al salir de casa, encontramos un polluelo de gorrión caído de su nido, arrastrándose por el patio de nuestro edificio. Con la esperanza de que su madre volviera a por él, lo dejamos donde estaba, y nos marchamos. Pero, a nuestra vuelta, nada había cambiado, y el polluelo seguía allí, indefenso, en mitad del patio.

Decidimos llevarlo a casa, y, durante dos días, intentemos que estuviera alimentado y cómodo. Nuestra esperanza era que sobreviviera, que cogiera fuerzas, creciera, aprendiera a comer y volar, y nos dejara, volando por la ventana, a vivir su vida aviar.

Esta mañana lo encontré sin vida, fuera del nido que le habíamos construido (¿habría escapado igual del nido materno? ¿sentía el pajarito esa misma ansia de huir que muchos humanos, aunque le lleve a su destrucción?). Fue devastador. Una criatura que unas horas atrás vivía, cuyo corazón habías sentido latir mientras reposaba en tu mano, ya no estaba. No sé si había tenido realmente opción de sobrevivir, pero le había fallado, y hoy, todo el día me siento triste y culpable.


La etiqueta de mi bolsita de té de media mañana dice: Doing anything out of compassion will never be wrong.


Cuando era pequeño, cuatro o cinco años, tuve un hámster como mascota. Un día, al volver del colegio, mi madre me enseñó su jaula abierta, y vacía. Me contó que se había escapado, que había huido al patio interior del edificio (vivíamos, creo, en un segundo piso), que ahora vivía allí, bajo los árboles. No recuerdo haberme entristecido, sino todo lo contrario: entendía que a nadie le gusta vivir prisionero, que el hámster sería más feliz libre en el patio. En ningún momento me planteé cómo pudo escapar de su jaula, trepar hasta la ventana, abrirla y descender hasta el patio.

Hoy, treinta y cinco años después, me he dado por primera vez cuenta de que mi madre me mintió. Debió encontrar, como encontré yo al gorrión, al animal muerto en su jaula. Y, por compasión, quiso protegerme de la verdad, e inventó esa historia para mí, que yo elegí creer.

Creo que se equivocó, que debería haberme permitido tener esa primera experiencia con la muerte. Que nadie necesita ser protegido de la verdad. Habría llorado, y me habría sentido triste durante ¿días? Probablemente horas. Era mucho más voluble de niño de lo que lo soy ahora. Y habría comenzado a aprender sobre la muerte, ese aprendizaje que probablemente es el más crucial de nuestra vida. Quizás hubiera estado más preparado para afrontar su muerte, esa que dos años después aún no he sido capaz de aceptar del todo.

Infierno

Un sueño:

Un viejo enemigo, que, décadas atrás, cuando era joven, solía cubrirse la cara con un pañuelo, como un forajido del Oeste. Pero eso fue mucho tiempo atrás: los años habían pasado, y él había envejecido y muerto.

Yo necesitaba hacerle unas preguntas, sobre nuestro pasado, sobre algunos temas todavía presentes para mí, que sólo él conocía, así que fui a visitarle al Infierno.

El Infierno, al menos la parte donde nos reunimos, era un bar con luces rojas, donde todo el mundo fumaba. Mi viejo enemigo aparentaba estar ahora en la cincuentena. Nos sentamos, bebimos y charlamos, sabiendo nuestra enemistad ya resuelta, y pude hacerle esas preguntas. No recuerdo qué respondió.