Nostalgia del Reino

Gorriones

El sábado, al salir de casa, encontramos un polluelo de gorrión caído de su nido, arrastrándose por el patio de nuestro edificio. Con la esperanza de que su madre volviera a por él, lo dejamos donde estaba, y nos marchamos. Pero, a nuestra vuelta, nada había cambiado, y el polluelo seguía allí, indefenso, en mitad del patio.

Decidimos llevarlo a casa, y, durante dos días, intentemos que estuviera alimentado y cómodo. Nuestra esperanza era que sobreviviera, que cogiera fuerzas, creciera, aprendiera a comer y volar, y nos dejara, volando por la ventana, a vivir su vida aviar.

Esta mañana lo encontré sin vida, fuera del nido que le habíamos construido (¿habría escapado igual del nido materno? ¿sentía el pajarito esa misma ansia de huir que muchos humanos, aunque le lleve a su destrucción?). Fue devastador. Una criatura que unas horas atrás vivía, cuyo corazón habías sentido latir mientras reposaba en tu mano, ya no estaba. No sé si había tenido realmente opción de sobrevivir, pero le había fallado, y hoy, todo el día me siento triste y culpable.


La etiqueta de mi bolsita de té de media mañana dice: Doing anything out of compassion will never be wrong.


Cuando era pequeño, cuatro o cinco años, tuve un hámster como mascota. Un día, al volver del colegio, mi madre me enseñó su jaula abierta, y vacía. Me contó que se había escapado, que había huido al patio interior del edificio (vivíamos, creo, en un segundo piso), que ahora vivía allí, bajo los árboles. No recuerdo haberme entristecido, sino todo lo contrario: entendía que a nadie le gusta vivir prisionero, que el hámster sería más feliz libre en el patio. En ningún momento me planteé cómo pudo escapar de su jaula, trepar hasta la ventana, abrirla y descender hasta el patio.

Hoy, treinta y cinco años después, me he dado por primera vez cuenta de que mi madre me mintió. Debió encontrar, como encontré yo al gorrión, al animal muerto en su jaula. Y, por compasión, quiso protegerme de la verdad, e inventó esa historia para mí, que yo elegí creer.

Creo que se equivocó, que debería haberme permitido tener esa primera experiencia con la muerte. Que nadie necesita ser protegido de la verdad. Habría llorado, y me habría sentido triste durante ¿días? Probablemente horas. Era mucho más voluble de niño de lo que lo soy ahora. Y habría comenzado a aprender sobre la muerte, ese aprendizaje que probablemente es el más crucial de nuestra vida. Quizás hubiera estado más preparado para afrontar su muerte, esa que dos años después aún no he sido capaz de aceptar del todo.

Infierno

Un sueño:

Un viejo enemigo, que, décadas atrás, cuando era joven, solía cubrirse la cara con un pañuelo, como un forajido del Oeste. Pero eso fue mucho tiempo atrás: los años habían pasado, y él había envejecido y muerto.

Yo necesitaba hacerle unas preguntas, sobre nuestro pasado, sobre algunos temas todavía presentes para mí, que sólo él conocía, así que fui a visitarle al Infierno.

El Infierno, al menos la parte donde nos reunimos, era un bar con luces rojas, donde todo el mundo fumaba. Mi viejo enemigo aparentaba estar ahora en la cincuentena. Nos sentamos, bebimos y charlamos, sabiendo nuestra enemistad ya resuelta, y pude hacerle esas preguntas. No recuerdo qué respondió.

Errores

Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura
ché la diritta via era smarrita.

Dante, Divina Comedia

Mi padre siempre ha lamentado el haber dejado la Marina. Pasó allí varios años, sin lograr adaptarse a la disciplina militar, y, finalmente, la abandonó por una carrera, en Correos, que nunca le satisfizo. Y esa decisión, el dejar la Marina, es tal vez el gran y si… de su vida, la intersección donde cree que tomó el camino equivocado (yo, claro, no acabo de compartirlo: de haber tomado la otra ruta, mis padres nunca se hubieran conocido, y yo no habría nacido. Mi padre me dijo una vez que habría conocido a mi madre de todas formas, y que yo sí habría nacido, sólo que en otro lugar. Lo dudo, pero, en cualquier caso, él está en su derecho a lamentar sus decisiones, aunque el fruto indirecto fuera yo).

Historia de dos ciudades

V. y L.

(Esta es una historia real. Se puede amar a ciudades, como se ama a personas. Y pueden, al igual que las personas, romperte el corazón.)

Futuros

Leí, en los 90’s, varias novelas de William Gibson. Me parecía entonces un escritor, con una calidad en la prosa que no abunda en el género de la ciencia ficción, pero cuya obra no acababa de engancharme, no lograba, sobre todo, que conectara con sus personajes, que me importara lo que pasaba.