Nostalgia del Reino

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En los últimos meses me he convencido de que las ideas de nación, de pueblo, que antes simplemente consideraba inútiles y pintorescas, son intrínsecamente malvadas, repugnantes.

Aunque a veces pueda no causar daño, es muy difícil que se mantenga en esa posición de inocencia, y rápidamente tiende a convertirse en un “nosotros contra los demás”, en absurdas paranoias de razas elegidas, o perseguidas, o ambas cosas.

Porque la idea de “pueblo” no tiene nada que ver con la de “estado”. Un pasaporte expedido por un estado no te asegura la pertenencia al pueblo al que ese estado representa: si no tienes el color de la piel adecuada, no hablas la lengua adecuada, o no tienes la religión adecuada, es muy fácil que tus conciudadanos te dejen fuera como un extranjero perenne. O bien puedes ser tú mismo el que se excluya, el que se empeñe en reclamar la pertenencia a una nación distinta a la de tu pasaporte.

Creo que una sociedad moderna debería basarse sólo en dos niveles: el de ciudadano y el de estado. Nada más. No quiero estar incluido en ninguno de esos sacos tribales que son los pueblos o las naciones, salvo, como mucho, para tener un equipo al que animar en las Olimpiadas. Y para divertirte dos semanas cada cuatro años no vale la pena los innumerables males que esas ideas traen con ellas.

Pero no parece que sea ese el camino que llevamos. Y temo que toda esa absurda revindicación de naciones no va sino a ir a más en los años a seguir. Incluso la carta de las Naciones Unidas (horrible nombre: ¿por qué no fue un “Estados Unidos”?) comienza con un “Nosotros, los pueblos…”. Una triste confirmación de que esa idea de raza, de tribu, que debería haberse dejado atrás hace mucho, tiene más poder que la de los ciudadanos que la forman.


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