Nostalgia del Reino

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Hoy he leído esto, y he quedado terriblemente impresionado:



Los indios de la tribu bororo, unos seres primitivos qye viven a orillas del río Vermelho, en plena selva amazónica, creen que no existe ninguna identidad privada. Para los bororo, la mente es una cavidad abierta, como una cueva o un túnel, por ejemplo, en la que habita el poblado entero y en donde crece la vegetación. En 1969, José M. R. Delgado, el eminente fisiólogo cerebral español, determinó que los bororo tenían razón. Durante cerca de tres milenios, los filósofos occidentales habían creído que el yo era algo único, algo que, por así decirlo, se encontraba encerrado en el cráneo de cada persona. Eso yo interior era algo único, algo que, por así decirlo, se encontraba encerrado en el cráneo de cada persona. Ese yo interior era algo que se relacionaba con el mundo exterior, y que aprendía de él, a veces con escaso provecho. No obstante, se presumía que el núcleo mismo del yo de cada individuo era irreductible, inviolable. Grave error, dijo Delgado. “Cada persona es un combinación transitoria de materiales que se toman prestados del ambiente”. La palabra más importante era “transitoria”, y Delgado no hablaba de años, sino de horas. En efecto, Delgado se refirió a ciertos experimentos en los cuales unos estudiantes completamente cuerdos a los que se pidió que se tendieran en las camas de habitaciones bien iluminadas pero aisladas sonoramente, y con el sentido del tacto amortiguado por medio de guantes, y con unas gafas traslúcidas para impedirles la visión de cosas concretas, comenzaron, al cabo de unas horas, a tener alucinaciones. Es decir que, aislados del poblado y de la selva que normalmente ocupan la cavidad, se quedaban sin mente.



Pero Delgado no se refirió a ningún experimento que hubiese investigado lo que ocurre en la situación diametralmente opuesta. No habló de lo que ocurre cuando el yo -o lo que entendemos por el yo- no es una simple cavidad abierta al mundo exterior, sino que se ha convertido de repente en un parque de atracciones en donde todos, todo el mundo, tout le monde, entran campando por las buenas, gritando y brincando, tensos los nervios, listos los músculos a por todas, desde risas hasta lágrimas, gemidos, vertiginosas emociones, jadeos, horrores, a por todo, mejor cuanto más sangriento y espeluznante sea. Es decir, que no nos dijo nada acerca de la mente de una persona que se encuentra en el punto focal de un escándalo en el último cuarto del siglo XX




De La Hoguera de las Vanidades, de Tom Wolfe





Que devuelve a mi mente la pregunta clásica de “¿Qué es el yo?”. Y sobre la que no escribiré hoy.



Una búsqueda en la web de ese Delgado, del que reconozco que jamás había oido hablar, da como resultado, entre otras cosas, esto:



Toward a Psychocivilized Society



Asombroso, en verdad… Repugnante, quizás, pero asombroso.


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