Nostalgia del Reino

Santiago (I)

Reconozco que soy casi un adicto a esos momentos en que tu vida parece estar fuera de control, y comienza a parecerse a una road movie, cuando no eres capaz de predecir qué puede pasar, y eso te hace sentir que cualquier cosa es posible . Y esta semana ha sido así.



Comenzó, como tantas otras, con un viaje en avión… No, para contar esta historia he de remontarme hasta mayo, cuando, unos meses atrás, un viernes por la noche, un amigo me dijo que habría en julio un festival en Santiago, al que él y otro amigo iban a ir. En aquel momento, me pareció una idea fantástica, y anuncié mi presencia. Pero las circunstancias (mi viaje a Nueva York, por ejemplo) hicieron que me apartara de la organización de ese viaje. Fui retrasando los preparativos más y más, y comencé a dudar de si iría. Ahora, mirando atrás, considero ese retraso, esas vacilaciones, una bendición. De haber preparado el viaje con calma, este habría sido muy diferente, y muchas de las cosas habrían sucedido de forma muy diferente.



Finalmente, decidieron por mí. Aquellos a quienes sirvo pensaron que mi lugar durante toda esa semana estaba en Barcelona, en el nuevo centro de control de Tráfico Aéreo. Y ahí podría haber acabado todo. Los conciertos comenzaban el jueves. Yo estaría en Barcelona hasta el viernes. Fin de la historia, ¿no?.



Pero según se iban acercando la fechas del festival, me di cuenta de que se me iba a hacer duro no ir. El cartel era simplemente impresionante (Bob Dylan, Massive Attack, The Cure…). Y un plan comenzó a fraguarse en mi mente: ¡podía ir! Sólo tenían que darse algunas coincidencias: que terminara lo que me había llevado a Barcelona el jueves, que me dejaran coger el viernes libre, que quedaran entradas, que pudiera conseguir un billete de avión de que me llevara a Santiago…



Y así volvemos a lo que antes presenté como el principio de la historia, a ese Comenzó, como tantas otras, con un viaje en avión . El lunes por la mañana llegaba a Barcelona en el puente aéreo, con mi maleta, y con mi mente puesta en acabar, y marcharme a Santiago.



Y pronto me di cuenta de que podía conseguirlo. Como mínimo la parte de terminar pronto. El lunes por la tarde ya había hecho gran parte del trabajo. Quedaba conseguir entradas, conseguir marcharme.



El lunes y el martes podrían haber sido días neutros, marcados sólo por la espera. Pero estaba en Barcelona, mi ciudad favorita en la Península. Y las dos noches, con un compañero de trabajo que había acudido allí por otros motivos, salimos por el maravilloso Barrio Gótico.



Y llegó el miércoles. El principio del que ha sido uno de los mejores fines de semana de mi vida. Fue el día en que llamé a mi jefe para pedirle el viernes libre. Y el día en que terminé casi todo el trabajo, dejando a propósito lo justo para estar el jueves por la mañana en Barcelona y no tener que pedir también ese día de vacaciones.

Cuando salí del centro de control, pedí a una compañera que me llevara a la renfe del aeropuerto. Ese fue, quizás, el momento en que las cosas comenzaron a ir diferentes. No era natural regresar en cercanías a Barcelona, cuando podía tomar un taxi pagado por la empresa. Pero en esos momentos me apetecía. Llegar en tren a la Plaça de Catalunya, y comprar a buscar mis entradas, y mi billete.



Reservé mis entradas en un cibercafé de las Ramblas. Después subí hasta la plaza a recogerlas, y volví a bajar Ramblas abajo hasta el cibercafé, para buscar billete de avión, y un lugar para dormir. Conseguí sólo lo primero, pero me daba igual. A esas alturas, estaba dispuesto a dormir incluso en la calle. Estaba realmente pletórico. Envié un par de sms que decían I’m the king of the world , y llamé a Wyan, que todavía no sabía de mi éxito, saludándole con un Oye, que, ¿cómo quedamos mañana? .



En esos momentos, sentía que podía conseguir cualquier cosa, que todo era posible. En ese estado de exaltación, tomé un taxi hacia el Forum, a ver a Elliot Murphy, en un pequeño concierto (pues Aute tocaba en el escenario grande, y somos, me temo, pocos los que conocemos a Murphy), donde pude ponerme con tranquilidad bajo el escenario, a un metro de él.

Después vi una extraña e impresionante representación teatral, de una compañía llamado Discípulos de Morales. Y, cuando terminó, cuando el Forum cerraba ya, tomé otro taxi a mi hotel. Todavía maravillado por cómo, al final, por una vez, todo iba a salir bien.





Debería seguir contando cómo fue el jueves, cómo llegué a Santiago, y contemplé maravillado el lugar donde dormiría esa noche, y cómo, horas después, pegaría saltos, enloquecido al escuchar aquello de “Hey girls, hey boys, Superstar DJ’s, Here we go! ” al comenzar el concierto de los Chemical Brothers.



Pero es muy tarde. Tengo sueño, y todavía debo hacer las maletas para partir mañana hacia Lanzarote. El jueves continuaré con esta historia.


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