Nostalgia del Reino

Santiago: Jueves

Dejé la historia cuando regresaba a mi hotel en taxi, el miércoles por la noche, repleto de una alegría feroz, sintiéndome como un dios.



El jueves comenzó de la misma manera. Fui al trabajo, en el Centro de Control, pero mi mente estaba en otro lugar. A mediodía, decidí que ya había cumpido, que podía marcharme tranquilo, y pedí a una compañera que me llevara al aeropuerto. Era el verdadero comienzo del viaje.



La espera en el aeropuerto la aproveché para hacer algo con mi aspecto. Afortunadamente, no soy de los que necesitan llevar traje en el trabajo, pero tampoco iba con la vestimenta adecuada para un festival. Así que recorrí las tiendas del Prat, buscando ropa. En otra ocasión sé que habría pensado que, cuando necesitas comprar ropa en un aeropuerto, es que algo va realmente mal en tu vida, pero quizás no sea así. Estaba en el Camino, cargado con solo lo imprescindible. Ya podría conseguir el resto sobre la marcha.





(He dejado de escribir durante un par de para cenar. Es ya noche cerrada, y ya no veo las olas. Tan solo su constante sonido me indica que el mar continua allí)





Demos un pequeño salto. Asumamos que he tomado el avión, que un taxi me ha llevado a Santiago, al lugar donde dormiría esa noche, que Wyan había reservado por la mañana. Ahí estaba yo, incrédulo, mirando una y otra vez la dirección que llevaba apuntada. Sí, era allí: el Seminario Mayor de Santiago. Un edificio renacentista (más tarde me enteraría de que databa de la Edad Media, que había sido reformado en el Renacimiento, y de ahí su aspecto). Asombrado, entré allí, recorrí el enorme claustro. Comenzaba otra de las constantes que se repetirían a lo largo de los siguientes días: el absoluto contraste entre la modernidad, entre la música que habíamos ido a escuchar allí, y todo la magia medieval que llena Santiago.



Tras esperar a Wyan en la estación de tren, fuimos por primera vez al Monte do Gozo, donde se celebraba el festival. Llegamos cuando comenzaba el concierto de Massive Attack, con Angel, una de sus mejores canciones. Fue un concierto enorme. Aunque me encanta su música, tenía muchos reparos sobre como serían en directo. Un grupo electrónico como ellos, ¿no se dedicaría sólo a pinchar? No fue así. Salieron con instrumentos reales ( ¿Todo este tiempo insistiendo en el blog sobre la Red, sobre como se está convirtiendo en un lugar como cualquier otro, y ahora doy tanta importancia a la distinción entre instrumentos reales y sintetizados?), con cantantes deslumbrantes. Canciones como Karmakoma o Tear Drop, te dejaban hechizado.



El siguiente concierto, The Chemical Brothers, fue muy diferente. Cuando comenzó, estábamos lejos del escenario. Wyan pedía bebida, y yo rondaba despistado por las cercanías. Entonces comenzó: la gente grita, se encienden focos, y en las pantallas aparece ese HEY BOY HEY GIRL. Y cuando la música comenzó, y escuché ese “Hey Girls / Hey Boys / Superstar Dj’s / Here we go”, me volví loco. Comencé a pegar saltos. Mucha gente a mi alrededor estaba igual, saltando, bailando, solos o en grupos, allí, tan lejos del escenario, de la acción, y aún así esa gente tenía el poder de hacernos bailar. Metí prisas a Wyan, y, cuando consiguió la bebida, nos abrimos paso hasta las primeras filas.





Otro salto: más adelante, de vuelta en Santiago. Son más de las tres, y, agotados, tomamos unas tapas en un terraza. Y Wyan ve a gente que conocía, y con los que había quedado al día siguiente. Ese sería otro de los patrones que se repetirían durante todo el fin de semana. En una ciudad tan pequeña, no dejabas de encontrarte con gente que conocías, aunque fuera solo de vista, que estaba allí por las mismas razones que tú. Y en estos festivales, acabas hablando con todo el mundo. Santiago, por tres días, había dejado de ser territorio de los peregrinos. Ese fin de semana era nuestra ciudad.



De haber organizado ese viaje con antelación, probablemente habría acabado durmiendo fuera de la ciudad, cerca del aeropuerto, como habían hecho mis dos amigos de los que había partido inicialmente la idea de ir al festival. Esa noche del viernes ni siquiera llegamos a vernos.

Sin duda lo habría pasado bien, pero habría sido un fin de semana mucho menos intenso. Las cosas que hice y vi, la gente a la que conocí, habrían sido distintas. Y dudo que ahora estuviera dedicándole a contar esto, que me pareciera tan importante.



(Hora de dormir, casi. Hace ya un rato que tuve que dejar el balcón: no había ya suficiente luz. Ahora estoy en la cama, y he sustituido el sonido de las olas primero por Massive Attack, y ahora por The Cure. Mañana escribiré sobre ellos, sobre ese mítico día que fue el sábado.)


Share this: