Nostalgia del Reino

Santiago: La maleta

(Es jueves, media mañana, desde una terraza en el aeropuerto de Lanzarote. Hay una humedad pegajosa, el aire es casi irrespirable, y el cielo marrón. Me han dicho que se llama calima, que el aire está lleno de arena del Sahara)



Hablaré ahora del viernes, de ese día perfecto, hace casi una semana. Ojalá hubiera escrito esto el domingo, al mismo regresar, cuando la sensación de maravilla aún me embargaba.



Nuestros planes por la mañana estaban claros: buscar alojamiento. Desgraciadamente, en el Seminario sólo conseguimos habitación para el jueves, y necesitábamos encontrar otra cosa, o prepararnos para dormir en la calle, cosa no improbable, pues Santiago estaba abarrotado ese fin de semana.

Y yo tenía otro problema: mi maleta. Era un estorbo. Recordad que yo venía de un viaje de trabajo. Sabéis de qué maleta hablo. Id cualquier día entre semana a las ocho, y nos veréis: cientos de lacayos corporativos, la mayoría trajeados, y todos con ligeras variaciones del mismo tipo de maleta, de colores oscuros, con ruedecitas, con las medidas exactas aprobadas por la IATA para poder llevarla como equipaje de mano. No es la maleta que llevarías a un festival, no es una maleta que te pueda acompañar cuando duermes en la calle, y necesitaba deshacerme de ella. La opción más fácil habría sido dejarla en el hotel de mis amigos, o dejarla en las taquillas de la estación de tren. Pero, mientras dudaba sobre qué hacer, pasamos junto a una oficina de correos, y vi claramente la solución.

Entramos, y anuncié al empleado que deseaba enviar mi maleta por correo. Le pusimos unas pegatinas con mi dirección, y él le puso un matasellos. Esa fue la última vez que la vi. Dentro quedó ropa, zapatos, documentos y cd’s con datos de la empresa, la tarjeta que permite que me dejen entrar a mi empresa sin problemas; y también mi viejo iPod, y un comic que había comprado por encargo para un amigo en Inglaterra, y que debería entregarle pronto. Yo sólo me quedé con una pequeña mochila, con un libro, y menos ropa de la necesaria.

Y en ese instante, cuando perdí mi maleta de vista, todo cambió. Era libre. había alejado de mí los últimos vestigios corporativos, y sólo era ya un tipo con una mochila. Podía dormir en la calle (y, una parte de mí, casi lo deseaba), podía hacer cualquier cosa que deseara.



En un escrito anterior hablaba de aquella frase de Crowley: Do what Thou wilt shall be the whole of the Law. Ahí estaba, puesta en práctica. Pocas veces me he sentido tan libre de obligaciones, ataduras, como en aquellos momentos al liberarme de mi maleta de chico corporativo. Aprendí entonces que, en realidad, no es tan difícil dejar las cosas, que muchas de nuestras cadenas son ficticias.



Podría incluso dejar aquí la narración. Este era el incidente que tanto deseaba narrar, que tanto me ha hecho pensar. Pero creo que seguiré, hasta el momento en el que, ya en domingo, llegué destrozado a mi guarida en Madrid. No lo contaré todo, y además mi prosa difícilmente dará para describir toda la magia de ese día, la sensación de salvaje y absoluta libertad,





( Continuo un par de horas después. He pasado el control, y me he encontrado con mi avión se retrasa. Ahora escribo desde la zona de espera, abarrotada con multitud de viajeros que, como yo, esperan vuelos que ya deberían haber salido)



Volvamos por un instante al incidente de la maleta. No sé si será fácil de entender toda la fuerza simbólica que tuvo para mí. Pero estas cosas, el ver símbolos, señales en todas partes, es muy habitual en mí. Muy a menudo tengo gestos casi rituales, aparentemente sin sentido, poniendo como excusa que me parecía lo adecuado en ese momento. Supongo que es una más de las causas por las que nunca habría llegado a ser un buen científico.



Pero volvamos a Santiago. En un lugar tan espantoso como una sala de aeropuerto, deseo más que nunca volver a sumergirme en ese fin de semana. Suena el “Wish You Were Here”, una de las mejores canciones de The Wall. Y yo vuelvo a la historia:





Me había librado de la maleta, era ya libre para cualquier cosa. No hizo falta, sin embargo, dormir en la calle. Encontramos rápido una habitación en un hostal, cerca, además, de donde se tomaban los autobuses para el Monte do Gozo.



Wyan había quedado para comer con gente que conocía de un foro de internet. Yo fui con él, aunque reconozco que la idea tampoco me emocionaba. Me temo que no soy un tipo demasiado sociable, y tiendo a sentirme incómodo en esas reuniones donde todo el mundo se conoce salvo yo.



(Aquí tuve que dejar de escribir. Había visto a un compañero, que esperaba otro avión, y fui a hablar con él. Ahora estoy de vuelta en Madrid, escuchando la Sexta de Beethoven, y voy a intenter continuar esta historia)


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