Nostalgia del Reino

La maleta en Madrid

También mi maleta ha terminado su propio viaje. Está de nuevo en mi guarida, en Madrid, mirándome burlona. Me dice que ha vuelto, que no puedes librarte tan fácilmente de tus ataduras, que nada termina nunca realmente, y que esa sensación de eufórica libertad que sentí cuando la abandoné no era más que una ilusión.

Y en parte tiene razón. Aristóteles dijo que el hombre solitario es una bestia o un dios. Y yo, obviamente, no soy un dios, y tampoco deseo ser una bestia. Formar parte de una sociedad significa tener algunas ataduras, significa que tu libertad nunca puede ser absoluta.

Pero, en parte, mi maleta también se equivoca. La lección que aprendí al abandonarla es que muchas de esas ataduras no son sino ilusiones, cadenas que, por miedo o ignorancia o comodidad, nos ponemos a nosotros mismos.

Y mi maleta lo sabe. Todavía lleva etiquetas con mi dirección, un sello de correos, un matasellos de Santiago, que no pienso quitarle nunca. Y eso la hace diferente de la maleta de chico corporativo que era antes.


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