Nostalgia del Reino

Santiago: Final

Ahora escribo ya más de una semana después de los hechos. Pensé incluso en no terminarla, en dejarla aquí, ya que, en el fondo, había contado ya todo lo que deseaba. Pero tengo una peligrosa tendencia a no terminar las cosas que comienzo a escribir (son incontables, por ejemplo, mis relatos comenzados y jamás terminados), así que esta narración la voy a terminar.



Perdonad si es tediosa, si todas esa historia de conciertos, maletas y paseos por el Santiago medieval, no tiene ningún interés. Esta excursión al mundo físico no durará mucho más.





Dejé la narración el viernes al mediodía, cuando fui con Wyan a una quedada de un foro de góticos de internet. Iba, como dije, a desgana, porque me suelo sentir incómodo en esas reuniones en que todos salvo yo se conocen.

Pero pronto me convencí de que no había sido mala idea. Esa gente me cayó muy bien desde el principio, y acabaría pasándolo muy bien ese día. Comimos en un Burger-King (Santiago estaba repleto. Era imposible encontrar ningún otro lugar para doce personas). Y luego comenzamos a beber vino. Demasiado vino, quizás. Me recuerdo luego caminando por las calles, bebiendo a morro de una botella de Ribeiro, hablando, como siempre que bebo demasiado, de “vos” y llamando a todos “señor” Y “señora”.

Y todavía estaba en ese estado cuando tomamos el autobús hacia el Monte do Gozo. Nos encontramos allí brevemente con nuestros dos camaradas perdidos, César y Juan. Entramos al recinto del concierto, y allí nos dispersamos. Algunos estaban invitados al backstage del concierto de The Cure. Otros querían ver los conciertos con tranquilidad, desde lejos. Y otros simplemente nos separamos. No habrían pasado ni cinco minutos cuando ya sólo quedábamos tres allí. Dedicamos la actuación de Muse a abrirnos paso hacia las primeras filas. A golpes, como se hace en ese tipo de conciertos. La gente daba brincos, se empujaban unos a otros, y nosotros aprovechamos eso para ir avanzando.

Después vino Lou Reed. Yo lo esperaba con ganas. Nunca he sido un gran admirador suyo, ni de la Velvet (años atrás, en el Johnny, vi actuar a John Cale. Me cayó fatal.). Pero daba igual, ¡se trataba de Lou Reed! ¡una leyenda viva!. Y allí estaba, terriblemente viejo, con aspecto frágil, vestido con ropa de quiceañero. Y fue una terrible decepción. Un concierto frío, con un cantante autista, empeñado en tocar temas nuevos, que nadie conocíamos, sin ningún gesto hacia el público, como si hubiera una muralla entre él y nosotros. Y la música popular no va de eso. Ya al final del concierto nos contentó un poco con Sweet Jane, que algunos habíamos estado pidiendo a gritos, y con el Perfect Day. Pero era tarde. No sé si alguna vez en mi vida volveré a ver a Lou Reed, y supongo que siempre me quedaré con el recuerdo de una decepción.



Tampoco me importó demasiado. El día estaba siendo maravilloso. Ahora, más de una semana después, me es imposible transmitir cómo me sentía entonces. Pero creedme, en aquellos momentos me sentía tan bien, que quizás un Lou Reed a la altura de su leyenda me habría abrumado, dejado fuera de combate; como lo haría el siguiente concierto.



Cuando Lou Reed desapareció del escenario, las cosas comenzaron a ponerse serias. Estaba claro cuál era al concierto grande del día. Gente vestida de negro empezó a amontonarse a nuestro alrededor, a presionarnos en todas direcciones, a colarse delante de nosotros, mientras luchábamos por mantener nuestra posición.



Después, The Cure salió al escenario, y las siguientes dos horas y media, lo que duró el larguísimo concierto, fueron como un sueño. Un sueño cuya resaca duraría durante días, en los que continuamente escucharía el Love song en mi mente, en los que a menudo me recordaría allí, frente al escenario, hechizado, rodeado de gente que gritaba, lloraba, cantaba, o, simplemente, permanecían paralizados. Dos horas y media de comunión casi religiosa con su música.



No escribiré más sobre ello. Quizás el domingo, estando todavía en esa nube en que anduve sumido durante días hubiera podido hacerle un mínimo de justicia a lo que escuché, a lo que vi y sentí. Ahora que todo ese fin de semana ha pasado al mundo de los recuerdos, el tiempo que pasé escuchando a Robert Smith no le han acompañado. Han seguido su propio camino hacia los reinos oníricos. Porque esas dos horas y el resto de esa larga noche tienen en mi memoria la consistencia esponjosa de un sueño. Y toda la distancia que trae consigo.







Así que daremos otro salto, a mi regreso al mundo real, ya en sábado.



El sábado al mediodía todavía andaba envuelto en una nube, escuchando el Love Song, recordando el concierto, sintiéndome a veces como si aún estuviera allí. Wyan y yo paseamos por Santiago, y continuamente encontrábamos gente que conocíamos, que nos habían acompañado en algún momento del día anterior.



Y, por la tarde, subimos de nuevo al monte. Pero esta vez era diferente. La resaca del inmenso concierto de The Cure nos embargaba, y ya no teníamos verdaderas ganas de ver nada más. Wyan y yo nos sentamos atrás del todo, con César y Juan, y vimos todos los conciertos del día desde lejos.



Aunque aún quedaría una última gran sorpresa: The Corrs. No esperaba demasiado de ese concierto: chicas guapas, canciones facilonas pero agradables. Nada más. Ni siquiera tenían el aura mítica de Lou Reed o el esperado Dylan.

Pero cuando el concierto fue avanzando, me di cuenta de que estaba equivocado: primero, porque, aunque yo seguía teniendo la imagen del grupo en sus comienzos, hace ya bastante de ello, y ahora, en el 2004, ya comienzan a ser un mito, uno de los grandes grupos de la historia de la música popular. Podía ver, a lo lejos, cerca del escenario, donde el día anterior yo había sido poseído por The Cure, a los fans del grupo, saltar, cantar, frenéticos.

Otro de mis errores había sido respecto a su calidad. Sabía que eran buenas, que eran verdaderas músicas, no eran las típicas chicas guapas a quienes algún productor había puesto a cantar. Pero no que eran tan buenas, con muchos momentos rozando el verdadero virtuosismo.

Y, por supuesto, estaba Andrea, absolutamente adorable, con una voz prodigiosa, con un vestido negro, pegando saltitos, absolutamente entregada al público, alzando a veces un peluche del Monstruo de las Galletas, que estuvo junto a la batería durante todo el concierto.



Después vino Bob Dylan. Otra leyenda. Y otra decepción. Quizás si lo hubiera visto el jueves, o el viernes por la tarde, me habría maravillado. Pero era sábado, había visto a The Cure, y hacía falta mucho para contentarme. Dylan me pareció frío, distante, tocando, escondido tras su piano, canciones que no conocía. Cantó tres bises, con versiones casi irreconocibles de algunas de sus canciones míticas. Y se marchó.



Terminamos la noche con Echo & The Bunnymen. Un buen concierto, pero ni siquiera terminamos de verlo. A esas alturas estábamos agotados. No fue justo para ellos que les hicieran tocar al final de un festival con ese cartel. Son un buen grupo, pero no tanto.



Y, finalmente, llegó el domingo, el día en que todo acababa y regresábamos al mundo cotidiano. En mi caso, a mi vida de chico corporativo, a mis visitas a aeropuertos. Wyan y yo gastamos el mediodía paseando un rato por Santiago, y luego compramos unos bocadillos, y nos sentamos en la Plaza del Obradoiro, y tuvimos una larga charla sobre catedrales, sobre el mundo medieval, sobre Dante y la Divina Comedia.





Y terminó. Acompañé a Wyan a la estación de autobuses, y yo tomé después un taxi al aeropuerto. Tuve que parar en mitad del camino, para rescatar a mis otros dos camaradas, que habían quedado atrapados din dinero en un restaurante que no aceptaba tarjetas. Reconozco que fue un gesto que disfruté. Tan decimonónico… Lo que de verdad me habría gustado es pasar yo mismo al restaurante y pagar su cuenta, como un auténtico caballero del XIX, pero no se me permitió ese detalle. ;)



Llegué al aeropuerto, destrozado, pero todavía embargado por la magia de ese fin de semana, todavía poseído por ese estado de salvaje alegría en el que estaba desde el miércoles; intentado mantener todo lo que había pasado durante ese fin de semana en el presente, antes de que sólo fueran recuerdos.









Ahora hace ya una semana de todo esto. La vida normal ha regresado. Pero algunos de estos recuerdos me acompañarán durante el resto de mi vida.










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