Nostalgia del Reino

Preludio de Otoño

Tengo que pasar tres días en Madrid: he gastado ya demasiados días de vacaciones, y no quedaba más remedio que sufrir este interludio.



Y, ¡sorpresa! Algo ha hecho hoy que casi me alegre de tener que estar en Madrid, en lugar de en mi retiro en La Mancha: la lluvia.

Cuando desperté esta mañana, en lugar del horrible calor que usualmente te golpea ya a las siete de la mañana en este mes, encontré un ambiente fresco, húmedo, un cielo gris. Y así ha seguido durante todo el día.



El otoño es mi estación favorita, y lo que hoy hemos vivido en Madrid parecía casi un preludio de esa maravillosa estación, de tardes oscuras, del inicio de la lluvia, del frío, de calles llenas de hojas secas, en que tantas cosas cambian y comienzan.



Por eso he dedicado la tarde a pasear, a contemplar Madrid mojado. Un compañero de trabajo me llevó en su coche hasta Goya, y allí conecté mi iPod, y empecé a caminar, entusiasmado.



Más tarde, saliendo de la Casa del Libro, comenzó el chaparrón. Supongo que lo más razonable habría sido meterme en el Metro: habría llegado a mi guarida en diez minutos, seco. Pero, ¿cómo saber cuándo nos iba a ser dada otro día así? ¿y cómo desperdiciarlo? Así que seguí caminando, bajo la lluvia. Subí por Fuencarral, intentando primero protegerme un poco. Finalmente, alcancé ese estado en que estás tan empapado que ya no puedes mojarte más, y caminé ya libremente por mitad de la acera, hasta llegar a mi casa, empapado, helado, y totalmente satisfecho.



Sí, me encanta el otoño, y sólo con esto ha bastado para hecerme feliz hoy.



Ya aquí, tras quitarme la ropa, mientras me secaba con una toalla, encendí la cadena de música, puse el cd adecuado, y Nigel Kennedy tocó para mí el Concierto de Otoño, de Vivaldi, como homenaje a este gran día, a este anuncio de esa estación, para la que todavía quedan, a mi pesar, dos meses. Imploremos a Zeus que nos conceda más días como este, mientras esperamos a que llegue al fin octubre.


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