Nostalgia del Reino

Palabras como arena

Tras terminar la larga introducción del Cancionero, he dejado este como lectura complementaria, para leer sólo tres o cuatro poemas al día. Siempre he pensado que así es como se disfruta de verdad la poesía, que no la puedes leer todo seguido como una novela, que, de hacerlo así acabarías completamente insensible.



Ahora, como lectura principal, tengo una especie de encargo: “Los hechizados”, de Witold Gombrowicz, que Wyan me prestó hace mucho sin pedírselo. Es, sin duda, un buen libro, incluso más que eso. Pero me encuentro al adentrarme en él con los mismos escollos que en mis escarceos con la literatura española, la que, por la cultura en la que he sido educado, se supone que debería valorar y amar por encima de cualquier otra. Y es que sus palabras son como un suelo rocoso cubierto de arena y fango. No dudo de que haya verdaderas gemas en ese terreno, pero para poder valorarlas tienes que bajar a tierra, mancharte con el fango, arañarte las manos escarbando en la arena.



Y tan fría… y siempre huyendo de cualquier tema que parezca elevado… La literatura española, como este libro de Gombrowicz, parece querer ser leída en tu salita de estar, tomando chocolate con churros.



Todo esto no tiene por que ser malo, pero a mí, que vivo siempre en las nubes (nunca olvidaré aquel día que, comiendo en el trabajo, se me ocurrió preguntar ¿Qué es Operación Triunfo?. Todo el mundo se calló, y se me quedó mirando, hasta que alguien exclamó Pero tú, ¿en qué mundo vives?), que apenas si desciendo al mundo real de vez en cuando para ver cómo van las cosas, a mí me cuesta mucho apreciar este tipo de literatura.



Así que tengo que buscar mi alimento literario en otros lugares, en Petrarca estos días , o en cosas como ese maravilloso:



The sun had not yet risen. The sea was indistinguishable from the sky, except that the sea was slightly creased as if a cloth had wrinkles in it. Gradually as the sky whitened a dark line lay on the horizon dividing the sea from the sky and the grey cloth became barred with thick strokes moving, one after another, beneath the surface, following each other, pursuing each other, perpetually.




Es el principio de “Las Olas”, de Virginia Woolf, uno de los mejores libros (¿el mejor?) del siglo XX.


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