Nostalgia del Reino

En Cordoba

La boda de un compañero de trabajo me apartó este sábado de lo que, sin duda, eran planes mucho más interesantes, y me llevó a Córdoba.



Odio las bodas, y todo ese tipo de actos. ¿De verdad es necesario montar semejante circo? No sé… Supongo que quizás sea resentimiento que otra cosa, porque es aquí dónde más claramente me doy cuenta de lo radicalmente diferentes que son mis gustos, mis formas de vivir y divertirme, de las de la mayoría de la gente. Me siento tan fuera de lugar en estas ocasiones, tan aislado… No importa que pueda bailar la horrenda música que suena en esas ocasiones, o charlar con las amigas de la novia. Todo mi yo está deseando escapar, que la fiesta termine, quitarme ese absurdo disfraz.



Y terminó. El sábado acabó, y desperté a un domingo muy diferente. Desayuné con quienes me habían acompañado hasta Córdoba (dos compañeros del trabajo, y mi jefe, y su mujer), y fui con ellos hasta la estación, a despedirles (se marchaban al mediodía), y a dejar mi maleta (todavía con las marcas de su viaje desde Santiago: el matasellos, las etiquetas) en la consigna.



Y después, esa sensación otra vez: era libre, y tenía un día por delante en la ciudad de Séneca, y comencé a caminar escuchando música en el iPod (…and Sunday always comes too late…).

Ha sido un día de soledad y paz, paseando, reflexionando, visitando la bellísima catedral, los jardines del Alcázar, buscando la tranquilidad que necesito para intentar aceptar con estoicismo mis próximas derrotas.



Y también esto terminó. Finalmente, vi todo lo que deseaba, y regresé a la estación, y esperé mi tren, que me devolvió a Madrid.


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