Nostalgia del Reino

El interior

(En un pequeño cibercafé justo enfrente del hotel, que acabo de descubrir)



Ayer fue uno de esos días extraños que a veces suceden en esos viajes. Una compañera de trabajo y yo habíamos planeado ir a explorar el interior de la isla si conseguíamos terminar temprano el trabajo. No fue así. Vimos caer la noche en el Centro de Control, y eran casi las diez cuando pudimos escapar de allí. Pero, en aquel momento, estábamos tan hartos de todo que decidimos que nada iba a acabar con nuestros planes. Así que, en lugar de regresar al hotel a cenar y dormir, como buenos chicos corporativos, tomamos una carretera secundaria, hacia el interior de la isla.



Nuestra primera parada fue en un pueblo llamado Ingenio, donde conocimos a un fanático del Atlético de Madrid, que nos indicó el camino hacia las montañas, y nos contó de sus sufrimientos como hincha, de cómo ningún joyero canario quería labrarle el escudo de su equipo en un anillo, de como el chandal oficial era inadecuado para el clima de la isla.



Después seguimos subiendo, y subiendo, por estrechísimas carreteras, en una noche sin luna. Y descubrimos ese interior del que habíamos oído hablar, tan tan diferente de los áridos terrenos que se contemplan en el camino entre la capital y el aeropuerto. Subimos y bajamos montañas, cruzamos bosques, y multitud de pequeñas aldeas desperdigadas por las montañas, contemplamos las estrellas sobre nosotros, y las lejanas luces de la civilización, lejos, abajo; y fuimos mirados acusadoramente por un cervatillo, reprochándonos que estuviéramos allí, en esa noche, tan fuera de nuestro lugar. Paseamos en la oscuridad, allí, a medianoche, en una carretera en una montaña en otro continente.





Hacia mucho que había pasado la medianoche cuando regresamos a la Gran Canaria que conocíamos, a la autopista, la ciudad, el hotel… Y ya nunca podré volver a ver esta isla de la misma manera.


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