Nostalgia del Reino

Contradicciones

Iba a ser un mal día. El anterior termino conmigo llegando agotado a mi casa, tras salir del trabajo casi a las once. Leí un par de correos y escribí algo aquí mientras tomaba un vaso de leche, leí un poco (Cerebus), y dormí.



Y desperté, aún agotado. A las siete y media debía estar en las oficinas del cliente, sonriente, listo para cualquier cosa. Terminé hacia el mediodía, con ambas jornadas mezclándose en mi mente como un continuo, agotado, destrozado. No quiero imaginar qué aspecto debía tener, para que me dijeran aquello de Vete a casa.



No me fui a casa. Necesitaba descansar, sí. Pero mucho más que eso, necesitaba algo de vida real. Y nada indicaba que fuera a tener mucho de ello en los próximos días.



(Y preguntándome qué me sucede. Nada ha cambiado desde hace una semana, cuando me sentía tan feliz… Y de repente es cómo si el mundo se me cayera encima. Quizás, ojalá, sea simplemente todo la maldita presión de chico corportativo… Algunas de esas odiosas vocecitas se empeñan en gritar que no, que realmente algo, algo de mi vida real, va mal.)



Pasee por un Madrid lluvioso, hice algunas compras (Dulce Pontes, Brahms), charlé con un viejo amigo, al que no veía desde hacía un año, que encontré en una tienda de comics, y luego fui a mi vieja facultad.



Regresar allí siempre se me hace extraño. En parte es doloroso: aquel sitio, Físicas en la Complutense, fue mi hogar durante cinco años (Literalmente. Llegaba por la mañana, me marchaba por la noche. Dormía en un colegio mayor, a cuarto de hora de allí. Estoy seguro de que hubo semanas enteras en las que no salí de Ciudad Universitaria). Y ahora ya no pertenezco a él, por mucho que lo añore, por mucho que mi corazón se llene de… de saudade (estos son días con un toque portugués) cuando camino bajo los árboles de la Avenida Complutense, del Parque de Ciencias.

Sí, es doloroso. Pero fue mi casa, y es hermoso regresar, aunque sea por un rato. Un amigo lo describió una vez como ver a una antigua novia a la que has querido mucho. Algunas cosas, algunos lugares, nunca consigues dejarlos del todo atrás, por mucho tiempo que pase, por muy lejos que vayas, por mucho que cambies.



Regresé a la Complutense, y pasé el resto de la tarde con Wyan, y R. y Ana. Más que suficiente para alejar todo augurio de un mal día. No lo ha sido.



(¿Alguna vez habéis ido escuchando a Philip Glass en un coche conducido por alguien que ha reconocido públicamente el haber llegado a dudar de su propia existencia?)





¿Y ahora? Dormiré. Soñaré, espero. Y despertaré para hacer las maletas y volar, una vez más, a Canarias.


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