Nostalgia del Reino

Infernáculos

Cuando llegó el momento de releer el Quijote, acudí, por supuesto, a Tornv., que me prestó una bonita edición de bolsillo, en dos tomos (una edición manejable, le había pedido, para poder llevarla en el tren, y en mis viajes). Rayuela es otro libro que siempre he realacionado con él. Lo tenía como libro de sobremesa en la mesilla de su cuarto de invitados, y eso se convirtió en un chiste sobre él, como lo es la proeza del Hombre que Leía a Proust (Lo busco. Por favor, si alguien sabe algo de él, que me lo haga saber…), o la facilidad de R. para encontrar la Verdad todos los meses, en una lectura diferente.



Cuando caí rendido ante el Quijote, también me acordé de Rayuela, y de la mesilla del cuarto de invitados de Tornv. Eso fue hace no mucho. Y el libro siguió apareciendo repetidamente en mi vida.





Una noche, Blue me regañó por no haberlo leído.



Wyan tradujo al inglés el capítulo 7, para que Robert Fitzcarraldo Morris pudiera encontrarlo en la biblioteca de su tío, en un Maine diferente, y se convirtiera en un importante elemento de su vida (de la que poco sabemos: algo de su presente, poco de su pasado; yo tengo algunos atisbos de su futuro..)





Y, en la barra del café Manuela, E. me habló con verdadera pasión de él, mientras yo la escuchaba, la contemplaba, hechizado. Y hoy me lo ha traído, en la misma edición que el Quijote y el Rayuela de Tornv, y llena de subrayados. Me leyó fragmentos en voz alta, y lo dejó en mis manos cuando se marchó a clase.



Y todavía sentía el tacto de sus labios cuando comencé a leer, en la penumbra del Café Barbieri, cuando me perdí en ese París enfebrecido, y asistí a lecturas de manos, a funerales de paraguas. 73, 1. Suficiente para hechizarme, conquistarme.



Y salí a la calle. Philip Glass en mis oídos. Y caminé, siempre cuesta arriba, por un Madrid lleno de luces y viento. El comienzo de esta ola de frío no podía tocarme.


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