Nostalgia del Reino

Extraños

Hoy, la gente me hablaba.

En un cibercafé, a mediodía, mientras E. enviaba un correo, se me acercó un hombre, y me ofreció una cerveza. La rechacé, dieciéndole que no bebía, y él se sentó a mi lado, y comenzó a hablarme, sobre lo caro que podía salir llamar por móvil, sobre que aprender a contenerse y no usarlo demasiado. Mi habilidad para ese tipo de conversaciones es mínima, así que me limité a escucharle, y a hacer algún breve comentario de vez en cuando. Al marcharme, me dijo que parecía buena persona, y agradable, y trasparente, y alzó su pulgar a modo de despedida.




Por la tarde, en Lavapiés, cuando me despedía de E., una anciana nos dijo que hacíamos bien, que disfrutáramos, que la vida era corta, que el amor era mejor que la guerra.




Más tarde, volviendo a mi guarida, en el metro, mientras hojeaba una recién comprada guía de Roma, un italiano borracho se me acercó y comenzó a hablarme de la ciudad, de los precios. Y charlamos durante todo el viaje, sobre Italia, sobre nuestros viajes pasados y futuros.


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