Nostalgia del Reino

Quasi una fantasia



Pongo la Sonata Claro de Luna, y, lentamente, comienza el primer movimiento, adagio, dulce rematador de almas resquebrajadas.

Una fría tarde de invierno, hace ahora diez años, regresé desolado a mi cuarto en el San Juan Evangelista, y vomité sobre varios folios una historia sobre Beethoven y una Navidad en Marte. Beethoven, que siempre regresa a mí en los peores y mejores momentos. A Bach lo puedo escuchar siempre, pero Beethoven es para esos instantes más grandes que la vida, o, cuanto menos tan grandes como la vida puede llegar a ser.
Y la Sonata 14, Quasi una fantasia (se dice que la escribió cuando supo que su amada Giulietta Giucciardi iba a casarse), para mí es para la tragedia, la desolación. El primer movimiento, un adagio que Berlioz llamó “un lamento”, es desgarrador, tan profundo, tan terrible. Escarba en tu corazón más y más adentro, sin permitirte guardar nada, esconderte de nada. Caes y caes y caes, lentamente, solo, hundiéndote en el oscuro mar.



El segundo movimiento, Allegretto, es un respiro, un pequeño descanso. Te has enfrentado a todo tu infierno, toda tu carga. Es tiempo de meditar, en paz si puedes. Carece de esa calidez de Bach, esa sensación de algo sobre nosotros que nos cuidará y no dejará que nada malo suceda, pero es esperanzador a su manera.



Y llega el tercer movimiento. Presto Agitato. Demoledor. Todo aquello que el primer movimiento remueve, te enseña es ahora juzgado. Son martillazos en tu alma, tan violento, tan cruel. Lloras y lloras, y aguantas como puedes los golpes.



Dos golpes finales, y silencio. Estás aún vivo, has aguantado la ordalía. Llora lo que necesites, límpiate, cúrate, esa es la cartarsis, el poder del arte. Mañana nadie sabe qué sucederá.

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