Nostalgia del Reino

La llegada a Atenas

Comienzo la narración de mi Odisea griega, con la llegada a Atenas,la noche del 27 de octubre. En cursiva irán parte de las notas tomadas durante el viaje, y en letra normal lo que escriba ahora, desde mi Ítaca madrileña, buceando en los recuerdos de esa mítica semana. La mayoría de las citas de textos clásicos provienen del magnífico “Oráculos Griegos”, de David Hernández de la Fuente, que leí durante el viaje.


El dios cuyo oráculo está en Delfos ni dice ni oculta,sino da señales.

HERÁCLITO


La primera gran sorpresa es lo lejos que está Grecia, lo largo que es el viaje. Será el origen de nuestro Occidente, pero es prácticamente Asia.
Nunca había hecho un viaje tan largo dentro de Europa.



El viaje a Grecia son casi cuatro horas. Llegué a Atenas a las once de la noche. Ya en el autobús que nos llevaba a la terminal (porque, pese a que lo vendan como el aeropuerto más moderno de Europa, en muchos aspectos es tan decadente como el resto de esa Grecia moderna que pronto descubriría) estaba emocionado, exultante ante el lugar donde estaba. ¡Atenas!


Un aeropuerto no es un lugar de verdad, así que no puede ser esa la primera sensación de Atenas. Pero sí el griego, las voces hablando en un idioma nuevo, precioso. Sentada a mi lado, una chica habla por teléfono y escucho “kalá, kalá”, refiréndose, imagino, a España.

Llegué a Atenas, a la plaza Syntagma, a medianoche, y comencé a caminar hacia mi albergue por Ermou, la calle comercial de la ciudad, repleta de las mismas tiendas de las mismas marcas que en todas las ciudades de Europa.
Pero pronto, mirando hacia el norte, vi la Acrópolis iluminada. Estaba en Atenas, ahora sí lo sentía completamente.


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