Nostalgia del Reino

En la Acrópolis



Al día siguiente desperté temprano, muy temprano, y comencé a caminar hacia la Acrópolis, maravillado.


Apenas he llegado y ha sucedido, esa sensación de dualidad, de dos mundos superpuestos: la Atenas actual, cutre, turca, y la Atenas clásica (¿que nunca existió, salvo en sueños?), llena de luz.

Por este camino subieron Platón, Pericles. Adriano visitando maravillado la tierra de sus maestros, Byron (cuyos pasos ya seguí en Ginebra, todos).



Recuerda: los templos intactos, pintados de brillantes colores. La estatua de Athena, de oro y marfil, presidiéndolo todo. Sócrates pasea con Platón y otros discípulos, discutiendo de política.

Los veía claramente, seguí viéndolos todo el viaje. Más tarde, en en camino a Delfos, también pensaría en Sócrates, recorriendo el mismo camino que yo pisaba.

Sentado en el Teatro de Dionisos: ¡aquí estrenaba Eurípides!

Pasé mucho tiempo sentado en ese teatro, pensando en Sócrates, Platón, Pericles, que estuvieron sentados en esos mismos asientos (¿en el mismo que yo estuve?). Descansé, leí a Cavafis.
Subí después a todas las colinas que rodean la Acrópolis, al Aerópago, al Phynx, donde inicialmente se celebraban las asambleas (y vi el púlpito desde donde Solón y Pericles hablaron, a la colina de las Musas, a la de las Ninfas). Recorrí el Ágora escuchando conversaciones de hace más de dos milenios, lleno de felicidad, siguiendo las huellas de Adriano, otro enamorado de Grecia.

El pasado jueves, visitando a un amigo, me dijo que ese viaje era lo mejor que podía haber hecho, que él sabía hasta qué punto la Grecia Clásica había sido siempre uno de los referentes de mi vida, de las bases de quien soy.
Ese día, recorriendo la ciudad de Teseo, era completamente feliz, me estaba volviendo a encontrar a mí mismo. Y era tan sólo el comienzo.



Por la tarde paseé por la Atenas moderna, asistí a una misa ortodoxa, paseé por la parte alta de Plaka, barrio de gatos y escaleras.

Júpiter y Venus sobre los cipreses y la Acrópolis.
Caminando de noche por Plaka, cansado, hambriento y feliz.


Y regresé pronto a la cama, agotado, todavía conmovido ante lo que había visto, todavía intentando comprender, y preparándome para otro día de maravillas.

Ahora entiendo mejor a los griegos. Me faltaban piezas claves: la sombra de los olivos, la visión lejana del Egeo desde la colina de las Musas, el calor, las estrellas sobre la Acrópolis.



(Incluso ayer todavía continuaba entendiendo, en El Prado. Algo sucedió en la Atenas clásica, que se perdió después. La escultura helenística es bellísima, y de una técnica impecable. Pero la clásica es más que eso, una belleza cortante, que roza lo inhumano, que quita la respiración; una salvaje exaltación de la belleza, la perfección. ¿En qué mundo habitaban esos hombres? ¿Cómo se perdió?)


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