Nostalgia del Reino

El primer viaje

Escribía Homero: Al mostrarse la Aurora temprana de dedos de rosa. Era cuando yo comenzaba el día, muy temprano en la mañana. Así conseguí ver la Acrópolis sin multitudes, despertaba a ciudades que se desperezaban, a islas aún desiertas.

En mi segunda mañana en Grecia visité el Museo Arqueológico.



Un nuevo día.
Llegué pronto al Museo, al mismo abrir, mucho antes de que se presentaran los turistas (porque yo, claro, no soy uno de ellos: soy un viajero).

El Museo podría haber sido prodigioso, de haber tenido todas las piezas que debía, todo lo que fue expoliado y está en Londres, París, Berlín o Moscú. Los Frisos del Partenón, la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia, el Templo de Artemis de Éfeso, el tesoro de Troya…

No está ahí, y el museo se queda en bueno. Pero he visto la Máscara de Agamenón.

Y cada vez los entiendo mejor: Zeus en forma de serpiente, Deméter y Perséfone bendiciendo al príncipe (¿como bendecían a todos los que tomaban parte en sus misterios?), la Diosa rodeada de animales y esvásticas.












Tras la visita al Museo comenzaba la siguiente etapa del viaje: el camino a Delfos. Marché a la estación de autobuses, inalcanzable en Metro, perdida en el norte de la ciudad dispuesto a tomar el autobús hacia el siguiente punto en mi viaje: Itea.

Después no me entiendo con una taxista, y me lleva a la estación de tren de Larissa en vez de a la autobuses de Lioson. Tomo otro taxi. No sé si fue un error. Quizás debería haber aceptado ese vuelco del destino, y seguir mi primer impulso, que era tomar el primer tren que saliera, a donde fuera.
Pero quería ir a Delfos y tomé otro taxi, que creo que me estafó (6€ en lugar de 3. Da igual, porque con criterios madrileños sigue siendo barato).

Ahora escribo desde la estación de Lioson,que confirma que la Grecia moderna es dura y cutre. La estación de Albacete parece mucho más civilizada.



Una larga e incómoda espera en la estación.

No aparece (hasta ahora, al menos) la soledad. No me siento solo. ¿Quizás he crecido lo suficiente para no necesitar más compañía que yo mismo?


Y un largo viaje en autobús. El primero de mis largos viajes por Grecia, escuchando a Eleftheria Arvanitaki (y a Peter Gabriel, y a Dead Can Dance, y a Iannis Xenakis, pero sobre todo a Arvanitaki) y leyendo poemas Cavafis o el libro sobre los oráculos, o mirando por la ventana, o simplemente pensando. Era una sensación magnífica, moverte, viajar, crecer, libre y salvaje, que espero no perder nunca.
Fue un viaje extraño, mágico. Creo que cada minuto crecía, aprendía.

(Una parada en un área de servicio en ninguna parte. Me recordó a aquellas paradas cuando, en mi época universitaria, tomaba el autobús de medianoche a Albacete, y me veía detenido cerca de La Gineta, en la inmensidad de La Mancha. Supongo que son como los areopuertos, lugares entre lugares, todos iguales, donde la realidad es más débil)

Y llegué a ¡Delfos!. No lo sabía antes de tomar el autobús, pero el autobús pasaba por Delfos. Vi de lejos el santuario de Athena (que yo pensé entonces que sería el templo de Apolo), y paramos en el pueblo moderno. Sentí, por supuesto, la tentación de bajarme, pero la resistí. No era esa la forma en que debía llegar al oráculo, y continué mi camino hacia Itea, un pequeño pueblo de turismo de playa, desierto en noviembre. Caminé hacia el Este, hacia donde sabía que estaba el viejo puerto de Kirra, y busqué un hotel.


En Itea, pregunto por el camino a Delfos. “The Old Road”, me dice el hombre del hotel. The Old Road.Tan evocador…

El hombre del hotel me lleva en coche hasta el comienzo de la ruta, me cuenta viejas historias sobre Delfos y la Pythia, me enseña el viejo puerto de Kirra.

Llego al hotel de Itea (hotel Kalafati) y de nuevo esa sensación de extrañeza (“¿Qué hago yo aquí?”).
Desde el balcón se oye: grillos, a los lejos el mar, un campanario.


De noche, en Itea, salí a pasear, y cené en una terraza casi desierta a la orilla de la playa. Tranquilo, feliz, emocionado ante el día siguiente, en que llegaría a Delfos.

Decía Aristóteles que el hombre solitario es una bestia o un dios. Yo no diría que soy solitario, pero hay algo maravilloso en la soledad. Cenas olivas y queso y calamares y cerveza griega junto a la playa de Itea, mirando las estrellas, libre para pensar, sin necesidad de mantener ninguna conversación ni entretener a nadie.
Quiero pensar, me equivoque o no, que en estos días me parezco más a un dios que a una bestia.


Tras la cena, regresé al hotel, listo para el gran día que me esperaba, y tomé aún dos cortas notas.

Y, sin embargo, he cenado acompañado. Un gato vino a mí y le di las cabezas de las gambas. Al terminar, me miró agradecido, relamiéndose.
Luego se marchó, como se marchan los gatos.



Vuelvo un poco borracho al hotel.
La cerveza griega (Mythos) es muy mala, y la sirven en botellas muy grandes.


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