Nostalgia del Reino

Ante el Oráculo

Y llegué a Delfos, agotado, pero sintiéndome inmenso.

Pensaba descansar, y al día siguiente, por la mañana, ir al Oráculo. No sería así.
Encontré un hotel (un hotel precioso, donde me dieron una habitación desde cuyo balcón veía todo el camino que había hecho, desde el mar a Delfos), pedí los horarios de autobuses para ver a dónde me marchaba desde allí (a la recepcionista le encantó ese “No sé a dónde iré desde aquí”), y salí a tomar un café y comer un poco.

Y recuperé las fuerzas, y decidí ir a ver el Museo, que estaba cerrado. Y decidí ir al Oráculo. A ver el centro del mundo. A preguntar al dios de este sitio si lo estaba haciendo bien, si estaba en el buen camino.

Tuve la fortuna de visitar el oráculo en un bellísimo atardecer, y prácticamente solo (unos pocos grupos de turistas, siempre reducidos, algunos en solitario, como yo).




En el Templo de Apolo, en Delfos. El dios está aquí, en todo el valle, pero sobre todo aquí. Es el sol que ilumina el valle, que llena mi corazón ahora mismo. He hecho mi pregunta, y me ha dicho lo que ya sabía: que sí. Después rompí a llorar, todavía sintiendo la mano de Apolo sobre mí (ojalá que no vaya nunca).
Ya estaba hecho.


Ya estaba hecho. Esa era la sensación que me poseía en ese momento. El viaje había terminado. Ahora sí había crecido. En muchos aspectos, no he vuelto a ser la misma persona desde entonces. Lo notaba ya entonces, en mi corazón que reía, en las sonrisas que la gente me dedicaba. καλὸς κἀγαθός al fin, un poco, al menos.
Otra novedad: difícilmente podría volver a declararme ateo. El dios estaba ahí. Lo había sentido claramente. Si esa divinidad era una entidad exterior o un aspecto de nuestro subconsciente, ya no lo sé. Pero los dioses existen, ya no podía tener duda de ello.

Terminé mojándome las manos y el cabello en la fuente Castalia (seguramente debería haberlo hecho antes de ir a ver al dios). Realmente me siento nuevo, libre, grande, καλὸς κἀγαθός.
Ahora viene la parte más difícil, la labor de toda una vida: mantener esto, esta sensación, esta fuerza, incluso mejorarlo.
El santuario del dios es un lugar de poder, un catalizador, pero nada aquí que no este dentro de mí, dentro de todos nosotros.


No sé si fue por no purificarme antes de ir a su oráculo, pero el dios se cobró su precio: una lesión en el pie derecho, que todavía arrastro, más de un mes después de mi visita. Pero es un precio que pago gustoso.

¡El Centro del Mundo! ¡Estoy en el Centro del Mundo! ¡Aquí mataron Apolo y Artemis a Pitón! ¡Aquí se juntaron las águilas de Zeus! ¡Aquí llace enterrado Dionisos!

La tarde, hasta que se hizo la hora de cenar, la pasé paseando por el pueblo, ya cojeando, y pensando, sobre lo que habia visto, sentido. Y también sobre Grecia.
Aquí comenzaba la segunda etapa del viaje, con mi proyecto personal ya realizado, la dediqué en gran parte a pensar sobre religión e historia y la tierra donde me encontraba.

Los griegos son el pueblo más decadente que he conocido, más aún que los ingleses. Su momento pasó hace dos mil quinientos años, y eso se nota. ¿Lo saben ellos? Sí, creo que sí. Se lee en sus rostros de cansada resignación, sentados en la calle, esperando a esos bárbaros que nunca llegan.


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