Nostalgia del Reino

Cruzando el mar

Al mostrarse la Aurora temprana de dedos de rosa, desperté en Delfos a un nuevo día, el primero de una nueva vida. Con el pie lesionado, apenas podía caminar, así que renuncié a uno de los posibles planes que había hecho: seguir por la ruta A4, hacia el norte, y visitar la Gruta Coricia, lugar sagrado del Gran Dios Pan y las ninfas. Quizás fue lo mejor: este debía seguir siendo un viaje apolineo, y mi ruta seguiría en ese camino: visitaría Delos, el otro gran santuario de Apolo, el lugar donde el dios nació.



En Delfos, bajo el sol (bajo Apolo) espero un autobús que parece no existir. No me importa, estoy en paz y mi larga lucha contra el mundo ha terminado. Dejémonos fluir con él. Lo que deba ser será, y será para bien.

El autobús llegó más de media hora tarde, pero poco importó. Monté en él, y comencé el camino de regreso a Atenas, para intentar tomar allí un barco que me llevara a Delos. Luego descubriría que era imposible ir directamente. Cuando decidí partir en este viaje no pensaba visitar ninguna isla, y mi guía sólo hablaba de la Grecia contimental. Todo lo que sabía de Delos era de hace dos mil años.
En el autobús, leía, escuchaba música, contemplaba el paisaje imaginando a centauros y lápitas persiguiéndose por los montes. Y pensaba.

La gran ventaja de los cristianos es la exclusividad. Te bautizaban y tenías la obligación de renunciar a tus dioses, a los dioses de tus padres, de tu tierra, de todo. ¿Cómo competir contra eso? Y los martirios y pesecuciones no hacían sino darles más fuerza, la sensación de que sufrían como su dios, que estaban en el buen camino. Y al final vencieron, y nos despojaron de nuestros dioses, nuestra identidad, nuestra cultura, de todo.

Otra ventaja: jerarquía, seguridad, orden, disciplina, eso que tanto necesitan los seres humanos. Frente a la caótica multiplicidad de los antiguos dioses, los cristianos vendían unas reglas claras, estrictas: “Haz esto y pasarás la eternidad en la Ciudad de Oro”.

Llegué a Atenas, y tomé el metro hasta el Pireo. La ciudad ya me resultaba familiar, como si llevara meses en ella. En El Pireo descubrí que no era posible llegar a Delos directamente, que debía tomar un barco a Mikonos, y, desde allí, confiar poder llegar a Delos al día siguiente. Compré mi billete a Mikonos a ciegas, sin saber nada de la isla salvo que era un paraíso del turismo gay, y que quizás desde ella llegaría al santuario de Apolo Delio.

Comienza ahora un loco viaje, buscando los orígenes de Apolo: Delos, su isla natal, ese islote todavía sin anclar que acogió a Leto y le dio la tranquilidad para parir a sus divinos hijos.
No sé si lo conseguiré. El Pireo es un caos, y mi barco, aún cuando consiga tomarlo, sólo lleva hasta Mikonos.
Y, de llegar allí, no sé si podré volver.
Tampoco importa demasiado.


Pero pude tomar el barco, tras horas de espera, tras vagar por el inmenso puerto (¿fue desde allí desde donde partió Teseo hacia Creta? Vi ruinas al otro lado de una autopista, pero era imposible acercarse).

Pese a todo (mi terquedad en ir andando en vez de tomar el autobús, mi pésimo sentido de la orientación, el caos intrínseco del Pireo) llegué al barco. Un barco enorme, el más grande que he tomado nunca. Cuando llegue, esta noche, tendré que averiguar cómo ir a Delos. O buscar un hotel. O las dos cosas, seguramente.

HIce el viaje a MIkonos en cubierta, solo, con el viento golpeándome, sentado en una silla de plástico junto a la borda, mirando el Mediterráneo, muerto de frío. Era maravilloso.

Esta ruta, hacia el este, siempre con la costa a la vista, es la misma que debieron tomar los aqueos hacia Troya.

Cruzo la cubierta hacia mi mochila, soportando el frío viento para beber agua.
¿De verdad es el mismo agua que cogí esta mañana en Delfos, en la fuente frente a la parada del autobús? Parece tan lejana… Los días están siendo tan plenos, tan intensos…
Estoy cumpliendo: mi camino a Ítaca esta siendo en verdad, largo.


“Surge una tierra sagrada en medio del mar […]. La isla depara a los cansados la más placentera acogida en su puerto seguro. Tras desembarcar rendimos culto a la ciudad de Apolo”
Virgilio, Eneida (sobre Delos)
¿Lo conseguiré?

Llegué de noche a Mikonos, la primera de las islas en mi viaje.

Mikonos es como un laberinto, de callejuelas, escaliras, casitas. Al llegar al puerto una señora me ofrece una habitación por 30€, que aceptó. Me lleva en su coche, me dice dónde tomar mañana el barco a Delos,le pago y se marcha.
Otro de esos detalles de este viaje que hacen que me sienta realmente como un viajero, y no como un turista.


Mikonos, como todas las islas, es un lugar extraño. Pero, de toda la Grecia moderna, el único lugar agradable que he encontrado hasta ahora.
Mañana ya sé que es posible ir a Delos. No sé si podré hacer noche. Eso ya lo descubriré.




De noche, paseé por las callejuelas vacías, y cené en una terraza, en el puerto. En esos días, disfrutaba mucho de mis cenas solitarias, pensando, descansando, mirando el mar.



Ahora que estoy en islas es la figura de Odiseo quien se adueña del viaje, su rodeo de diez años al volver de la guerra, por estas islas mediterráneas. No puedo culparle, la verdad. Y ni siquiera hace falta Calipso para que desees perderte aquí.


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