Nostalgia del Reino

La isla de los cristianos

La penúltima etapa fue extraña, pero me dio mucho tiempo para meditar,que el principal objetivo de este viaje. Había comprado un billete en Mikonos para el primer barco para la primera isla en la que paraba.


Otro barco, esta vez a Tinos, isla de la que nada sé. Creo que no ha sido la mejor elección: uno de los tripulantes me dijo “Tinos! Sure?”, y otro pareció también sorprendido.
Da igual. Quizás incluso vea algo de la Grecia real, sin turistas.


En el peor de los casos, sólo será un día.

Tinos era una isla de cristianos, llena de peregrinos, todos griegos. Yo debía ser casi el único extranjero en la isla. Una señora me recogió en el puerto, y me alquiló un pequeño apartamento por 20€. Muy pocos lugares quedan en Europa donde puedas dormir ese precio.
Comencé después a pasear por el pueblo, en parte dándome cuenta de que me había equivocado, y que estaba atrapado en un lugar donde no quería estar ni tenía nada que hacer. Una parte de mí deseaba salir huyendo, incluso regresar a Mikonos. Pero me quedé. Era importante tener disciplina, templanza. Estaba allí para aprender.

Sí, es un lugar absurdo, pero sólo será un día. Parece ser un lugar sagrado para los cristianos, con una gran basílica.
Una chica sube de rodillas las escaleras. Están alfombradas, por lo que debe ser algo común.


Dediqué la tarde a pasear por el pueblo, sin nada que hacer. Recorrí varias veces un mercadillo en el que sólo vendían rosarios y medallitas de la Virgen. Busqué inútilmente un bañador.

Ahora sí que me siento realmente como Odiseo, atrapado en la isla equivocada. Pero no es una sensación desagradable. La luz que sentí esta mañana (¡qué lejos parece!) sigue en mí, y no necesito nada.

Nada que hacer, salvo pensar. Pero gracias a ese tiempo, llegó a mí la lección más importante de todo el viaje, que jamás debo olvidar:

El viaje habrá sido completo si, durante el resto de mi vida, soy capaz, aunque sea mínimamente, de recordar lo que sentí frente a templo de Apolo en Delfos.

Hasta ahora lo estoy consiguiendo. Cuando me siento flaquear, recuerdo ese momento, al atardecer, frente a las columnas que sostenían el Oráculo. Recuerdo esa paz, esa sensación de completitud, de comprensión, de finalidad. La mano del dios sobre mí. Y sé entonces que todo saldrá bien.

Sin nada mejor que hacer,vuevo a subir a la basílica. Veo a un sacerdote bajando, rodeado de señoras mayores. Luego,bajando por otra calle, me doy cuenta de que toda la calle está alfombrada, para que los peregrinos suban de rodillas desde el puerto.

Tres veces he visto al sacerdote, la última ya solo, separado de su séquito, que habrán vuelto a sus casas, a cenar solas o preparar la cena a sus maridos.
Yo me he perdido un poco más por las callejuelas de Tinos, también estrechas y serpenteantes como las de Mikonos, pero con menos encanto, y sin tiendas, salvo la calle que sube a la iglesia, llena de puestos de parafernalia cristiana.
Pobre Grecia, robada de su orgullo, forzada a adorar a ese dios de los judíos y a su profeta dionisiaco.


Creo que soy el único extranjero en esta isla. Al menos, no se oye otro idioma que el griego, y los menús y todos los carteles parecen estar sólo en griego
Y, aunque haya llegado aquí perdido, por error, y aunque quiera marcharme ya (lastima que el único barco nocturno fuera de vuelta a Mikonos), ¡me encanta!
(Lástima de ese par de cincuentones alemanes que acaban de fastidiarlo)


He comprado un segundo billete para Atenas, en un barco rápido y que sale tres horas antes. Nada que objetar, creo. También Odiseo luchaba por escapar de las islas, salvo Calipsos o Circes.

Hay cosas, claro, que haría de forma diferente si pudiera repetir este viaje. No me habría quitado las botas en Delfos. Y, al día siguiente, habría visitado la Gruta Coricia. Y habría vuelto de Mikonos a Atenas.
Pero no me arrepiento de nada. El viaje está siendocomo debía ser: Extraño y mítico.
Ahora las últimas etapas del viaje están ya a la vista: Rafina y Atenas. ¿Encontraré allí a Telémaco?


Y es el mismo día en que, bajo la luz, vi el santuario de Apolo Delio. Los días son tan plenos, tan largos.

Fui a dormir temprano, en el apartamento sobre la playa. Y desperté a mi último día en Grecia.

El último día en Grecia. Diez años más quisiera vagar por esta tierra, pese a los cristianos, y pese a todo. Pero he cumplido, y he aprendido tanto…
(Y estoy muy orgulloso de haberme entendido con el camamero del desayuno, que no hablaba ni una palabra de inglés.)
(En realidad no me entendí tan bien, me faltó un pequeño gesto: Cuando me preguntó por el azúcar en el café, γλυκύς, yo le hice el gesto occidental de “no”, sin recordar que en griego es al revés).
Conseguí un café espantosamente azucarado. Pero parecía adecuado.

Es domingo por la mañana en la isla de los cristianos, y todos se arreglan para ir a misa, y, al salir, abarrotan las cafeterías. Parece un día de fiesta.

La espera hasta la salida de mi barco la dediqué a dar un último paseo por el pueblo, y, sobre todo, a pensar.

Tenía que venir a esta isla, para seguir aprendiendo. Después de leer como robaron la estatua de Palas del partenón, como talaron la encina sagrada de Dodona, como Teodosio aniquiló todos los oráculos, de recordar a Hypatia y tantos otros mártires.Tenía que venir a esta isla de los cristianos para entender de verdad qué es Grecia ahora, qué la ha pasado a este pueblo.


Es claramente la jerarquía, esa organización férrea, estricta, con las Patriarcas (y luego el Papa) en cabeza, lo que les da otra ventaja sobre los demas cultos, sobre Mithra, sobre los Misterios. Esa misma jerarquía que intentan copiar hoy las sectas, con el Gran Líder a la cabeza, decidiendo el destino.

Se ha convertido este en un viaje sobre historia y religión. Supongo que cuando sentí ese “Ya está hecho” en el templo de Apolo Pitio, estaba realmente hecho, y pude dedicarme a otra cosa.

A mediodía partió mi barco, de regreso al continente. MI viaje estaba muy próximo a su fin.


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