Nostalgia del Reino

Revolutionary Road

Revolutionary Road

-You just wanted out, huh?
-I wanted IN!



AnocheAnoche salí terriblemente impactado del cine, tras ver Revolutionary Road, la última (y mejor) película de Sam Mendes. Impactado tras ver una grandísima película, con un guión perfecto, unas actuaciones brillantísimas (especialmente de Kate Winslet y Michael Shannon, pero también de todos los demás). Es una película terrible, desoladora, y que estoy seguro de que, pese haber sido ignorada para los Oscar, perdurará como un clásico.

Esta mañana, al impacto ha seguido un sentimiento de devastación. La película trata sobre uno de mis grandes miedos: la mediocridad, el ser un hombrecillo gris más, pese a mis sueños de brillar.
Recuerdo una discusión que una vez tuve con mi padre. Él me preguntaba “¿Por qué no te casas y te compras un piso en Torrejón, como hace todo el mundo?”. Mis padres, por mucho que respeten mi vida, a menudo errática, querrían que llevara una existencia más normal. Querrían, sobre todo, nietos, que ya tienen edad de tener y que yo no he podido ni querido darles. Le dije a mi padre que yo no quería esa vida.

Y anoche vi reflejado ese terror: no el hecho de vivir con tu familia en los suburbios (pues estoy seguro de que se puede brillar, y ser realmente feliz incluso así, que lo importante es pensar, sentir), sino el renunciar a tus sueños, el convertirte en un ladrillo en el muro, en un hombrecillo gris, dar al mundo fealdad en vez de belleza. El saber que te puede suceder. El temor de un posible futuro. El miedo a estar engañándome ahora mismo, y ser ya un hombrecillo gris con un brillo imaginario. Ya trabajo en un rascacielos, con traje y corbata, en un puesto que no deja de ser parte de la máquina (Moloch whose mind is pure machinery! Moloch whose blood is running money!, escribía Ginsberg el mismo año en que transcurre la película).

Me recuerdo viajando por Grecia, libre y brillante y salvaje, y me digo, me ordeno, que eso no debe ser necesario, que la obligación de brillar, sentir, soñar, de no caer en la mediocridad, es perenne. Que la vida es demasiado valiosa, demasiado sagrada, para desperdiciarla por una pálida comodidad, en cobardes apariencias. Que la felicidad no es que otros crean que eres feliz.


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