Nostalgia del Reino

De la rabia

La Templanza

Pensando sobre la rabia a partir de un intercambio de comentarios en un escrito en otro blog:

La rabia no es la solución, no es el camino para crear nada. La rabia puede servir como un punto de partida hacia una transformación, pero hemos de abandonarla enseguida si queremos que esa transformación sea positiva. La rabia puede servir para derrocar un tirano, pero si no la abandonamos, sólo nos sirve para cambiar ese tirano por un Robespierre o un Stalin. La rabia, que no es más que otra manifestación del miedo, nos desgasta, nos debilita, nos consume, nos impide crecer. El verdadero héroe no es Bruto, sino Gandhi. ¿Cómo vivir de verdad, consumido por mil miedos?

He recordado algo de lo que mis padres se quejaban mis padres en los últimos años de mi adolescencia. Decían que era imposible discutir conmigo, que cuando no estaba de acuerdo con algo no protestaba, no me quejaba, no discutía: simplemente hacía lo que quería. Quizás era algo que he olvidado, y que debería recuperar, y dejar que esa actitud de “hacer lo que quiera” domine mi vida.

(Y quizás no lo haya perdido del todo. El viernes pasado, un amigo, hablando con teléfono con su novia sobre qué hacer esa noche, dijo, refiriéndose a mí: como siempre, hará lo que le venga en gana)

Quizás si todos hiciésemos lo que nos viniera en gana, sin luchar, sin sufrir, sin dañar, todo sería mejor.


He recordado también algo que aprendí hace años, y que, sin olvidar, no he logrado aplicar a mi vida. Lo aprendí, como tantas cosas, leyendo. Un relato de ciencia-ficción: “Escuchando a Brahms”, de Suzy McKee Charnas:

Un apocalipsis destruye la Tierra, y sólo quedan un grupo de astronautas que son rescatados por extraterrestres reptilianos y llevados a su mundo. Los extraterrestres llevaban años enamorados de la Tierra por las señales de televisión que recibían, obsesionados por ella, imitando nuestra sociedad, nuestra cultura.
El protagonista lucha por aceptar su nueva situación, el fin del mundo, su soledad en su nuevo mundo alienígena, y el vivir rodeado de esa obsesión por imitar a la humanidad. Sufre al ver a los reptiles usar ropas humanas, incluso ponerse pelucas en su obsesión imitativa.
Al final del relato, acude a un concierto para cometer un asesinato. Varios de los astronautas supervivientes se dedicaron a la música, y, finalmente, forman un cuarteto de cuerda que también forman parte varios extraterrestres. El protagonista, ya completamente alienado, furioso, destrozado, considera ese grupo mixto como una traición, como una profanación del recuerdo de su Tierra muerta, y decide asesinar a sus compañeros.
Sentando ya en el teatro, mientras esperan a que comience, con la pistola preparada, escucha una conversación entre dos de asistentes, sentados a su lado. Uno de ellos ha perdido a su mujer, y habla de su pérdida, de su tristeza. Pero habla sin angustia, en paz, sin luchar consigo mismo. Y al final, cuando los músicos salen a la escena, dice:

-Escuchemos a Brahms.

Y el protagonista, entre lágrimas, deja de lado su pistola y escucha la música.


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