Nostalgia del Reino

De la mediana edad

Hace poco más de dos meses cumplía treinta y cinco años. Debo reconocer que la cifra, en su momento, me agobió. Treinta y cinco. Era, definitivamente, un señor de mediana edad. Comenzaba la etapa de mi vida en la que realmente hay que rendir cuentas, cosechar lo que has sembrado en las décadas anteriores.

Pero, ya vividos los dos primeros meses de estos treinta y cinco, no cambiaría esta edad. Pese a todos los errores (¿quién no los tiene?), puedo mirar atrás con la confianza de una vida, no sé si suficientemente bien vivida, pero sí digna, sí que me ha llevado, en este momento, a estar donde quiero estar, a no tener nada de qué avergonzarme, nada que ocultar. Creo que podría mirar a los ojos a mi yo de hace veinte años, contarle mi historia, y salir airoso de la prueba, ganar su aprobación.

Soy, al fin, un adulto, lo acepto, y no deseo ser otra cosa. No deseo ser otra persona, y para la vida que me ha traído hasta aquí, con mis errores y triunfos, no tengo más que gratitud. Uno puede guardar siempre una parte del niño que fue, ser capaz de seguir mirando el mundo con los ojos de ese niño. Pero llega un momento de tu vida que no puedes comportarte más como un niño. Los años han pasado, y tú tienes ya una responsabilidad ante el mundo, ante los demás, ante ti mismo, que debes asumir. Conocerse a sí mismo. Nada en exceso. Tener honor y dignidad y compasión.

¿Mi deseo ahora mismo? Seguir mi camino. Ahora ya al fin confío en que, para mí, será una buena senda, aunque a veces pueda no parecerlo.


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