Nostalgia del Reino

Elogio de la muerte

En los últimos tiempos se tambalea dentro de mí una de mis creencias más firmes, antiguas e inamovibles: la feroz oposición a la pena de muerte.

Hay un argumento indiscutible en contra de esta condena: la posibilidad de condenar un inocente. No es esta una condena que permita reparar los errores cometidos. Y, desde luego, en eso sigo estando de acuerdo, es mejor absolver a mil culpables que condenar a un inocente.

Pero ¿y si tuviéramos la certeza de la culpabilidad? Hasta ahora siempre había creído que la vida era demasiado sagrada, que no teníamos ningún derecho a segarla, que matar nos ponía a la altura de los asesinos. Esto último lo sigo creyendo: si matas a alguien en castigo, en venganza, no eres mejor que él. De ahí salen espirales de violencia interminables, como la que condenó a tantas generaciones de átridas. Pero ¿es eso lo opuesto a la justicia? ¿es lo justo lo mismo que lo bueno? ¿y si lo justo fuera la muerte, aunque generase más muerte, aunque nos corrompiera, nos hiciera malditos para siempre? ¿Y si nuestra obligación fuese matar al culpable, pese a las funestas consecuencias?

Y ¿no merecen muchos morir? Quienes destruyen la vida de otros por diversión, quienes destruyen el planeta, las vidas de generaciones enteras de millones, de miles de millones, por codicia. ¿No son claros culpables? ¿No deberíamos haber decapitado a los amos de Lehmann, y a tantos otros? No hablo del adolescente marginal, envuelto en la miseria, la marginación y la violencia desde la infancia. Hablo de hombres educados, inteligentes, que conscientemente destruyen las vidas de media humanidad para acrecentar sus privilegios. ¿No deberían ser castigados, realmente castigados, como en otros tiempos se hacía? ¿No sería mejor el mundo si hubiéramos matado a sus padres, sus abuelos, en su momento, la mayoría tan culpables como ellos?

Siempre pensé que uno de los muchos horrores de los romanos (mis modelos en tantas cosas) era el poco valor que daban a la vida, la facilidad con que mataban, con que diezmaban poblaciones enteras en venganza, con que ellos mismos terminaban con su propia vida (la proporción de romanos ilustres que se suicidaron es asombrosa si la comparamos con las actuales). Pero ¿y si fuéramos nosotros los equivocados? ¿y si realmente damos demasiado valor a la vida, consideramos inviolable algo que no lo es?

Son sólo dudas. Y ante la duda, está claro, no debes matar. Y quizás pronto lea este escrito y lo considere bárbaro y solamente fruto de los tiempos duros que nos tocan vivir. Pero la duda está ahí, por primera vez en mi vida.


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