Nostalgia del Reino

Chateaubriand en América

Dos días después de este incidente, avistamos tierra. El corazón me palpitaba cuando el capitán me la señaló: ¡América!. Apenas si estaba perfilada por las copas de algunos arces que asomaban en el agua. Las palmeras de desembocadura del Nilo me indicaron más tarde las costas de Egipto del mismo modo . Subió a bordo un piloto; entramos en la bahía de Chesapeake. Esa misma tarde, se envió una chalupa a buscar víveres frescos. Me sumé a ella y no tarde en pisar el suelo americano.

François de Chateaubriand, Memorias de Ultratumba, Libro VI

En estos días leo de la llegada de Chateaubriand a America, a ese Nuevo Mundo en el que él mismo sabía ya que se comenzaba a forjar el futuro de la humanidad. De su decepción por ver la misma corrupción y decadencia que encontraba en Europa, de su admiración por Washington (el como visita al presidente de los Estados Unidos en su casa, simplemente yendo a su casa y llamando a la puerta, me provocó una sonrisa, y a la vez una fuerte nostalgia de tiempos más sencillos que nosotros no hemos conocido, aunque también me recordó una experiencia propia, paseando, en una aburrida tarde en Luxemburgo, en la oscuridad, llegué, sin darme cuenta, a la misma puerta de la pequeña casita del presidente del país). 

Pero lo más notable es… ¿cómo decirlo? El aroma. Como cambia su estilo, como notas cambiado al narrador cuando deja atrás su vieja (y tan nueva , a la vez: es 1791) Francia, y llega a ese todavía nuevo mundo. ¿Tenemos hoy algo así? ¿Un lugar que no esté gastado, viejo, una tierra que represente ese mañana esperanzador para nuestra especie?


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