Nostalgia del Reino

After hours

Hay un placer en madrugar los fines de semana, desayunar lentamente, en silencio, o charlando, mientras lees la prensa, y sabes que todo un largo día, que puede ser maravilloso, te espera.

Hoy no ese día, claro. Desperté a las ocho, por culpa del after-hours que abrió en mi edificio hace un mes. Desde entonces, desayuno a diario con el constante bum-bum que hace temblar mi cuarto piso, los gritos de los borrachos mañaneros, preguntándome cuán grande será el sufrimiento de los ancianos que viven en el primero, justo encima de ese antro.

Pero algo debo agradecerle al dueño del club, una valiosa lección que me enseñó. Acudió a la reunión de la comunidad de vecinos en la que aprobaríamos el presentar una demanda contra él, y dijo, con seriedad, me temo que creyéndose lo que decía, que él era un innovador, que intentaba hacer cosas que no hacían los demás. Le dije que llenar la calle de borrachos a las siete de la mañana no era innovación, pero la frase me marcó. Comprendí, horas después, que ese es el gran problema, por el que España ha fracasado, por lo que no tiene solución. Innovar aquí es eso: el bum-bum de las siete de la mañana, las costas cubiertas de cemento, los aeropuertos sin viajeros y enormes estatuas de caciques, la ropa de usar y tirar fabricada en el tercer mundo. Quienes de verdad han querido hacer de este un lugar mejor sólo han conocido el odio, la miseria, a menudo la muerte, el exilio. Tenemos lo que merecemos.


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