Nostalgia del Reino

Por el cambio del huso horario

Escribía la semana pasada sobre el apoyo de España a la Alemania nazi, sobre como todavía hoy se celebra a los españoles que dieron su vida por Hitler.

Una herencia insospechada de ese (uno más) crimen histórico son nuestros horarios. ¿Por qué en España lo hacemos todo más tarde que en el resto de Europa? Ese entrar al trabajo a las nueve, comer a las dos (¡o las tres!), cenar a las nueve (¡o las diez!)… No es por nuestro carácter festivo (o, según a quien preguntes, por lo haraganes que somos), sino porque no seguimos el horario oficial, sino el solar.

Hasta 1940, España había compartido horario con Portugal e Inglaterra, el que nos corresponde por nuestra localización geográfica. Amanecía a las seis, se comía a la una, se cenaba a las ocho. Ese año, la dictadura franquista, en un gesto más de simpatía hacia el Tercer Reich cambiaba el huso horario español para tener la misma hora que en Berlín (según el BOE: Considerando la conveniencia de que el horario nacional marche de acuerdo con los de otros países europeos, y las ventajas de diversos órdenes que el adelanto temporal de la hora trae consigo…). Los relojes se cambiaron, pero la gente siguió rigiéndose por el sol, despertando cuando había despertado siempre, comiendo cuando siempre habían comido. Así nació nuestro horario tardío.

 Esta mañana, madrugando en un día de vacaciones, intentaba encontrar una tienda abierta antes de las nueve donde comprar zumo (De no estar de vacaciones, llevaría casi una hora en la oficina: la mayor parte del año es de noche cuando entro), cosa imposible. Ni siquiera el VIPS, donde se supone que puedes ir a desayunar, estaba abierto a esas horas.

Somos un país completamente disfuncional en nuestros horarios, como en tantas otras cosas. Entramos tarde a trabajar, y, como sabemos que seguirá siendo de día al salir, no nos importa hacer jornadas larguísimas, llenas de larguísimas paradas (en muchos casos, menos en Madrid, pero mucho más habitual en mi Albacete natal, de varias horas para la comida y la siesta), lo que nos lleva a tener una bajísima productividad, lo cuál es una de las causas que nos han traído hasta aquí.

Si queremos salir de esta crisis no basta con recortar hasta que no quede nada, como hace el gobierno (así, sí, saldremos de la crisis. Con los pies por delante), ni seguir gastando como antes como si nada hubiera pasado, sin cambiar nada (no más allá de acabar mágicamente con toda la economía sumergida y el fraude fiscal), como muchos sugieren, echando toda la culpa a políticos, banqueros y alemanes (o madrileños). Hay que cambiar muchísimas cosas, aprovechar el terrible hundimiento que estamos sufriendo y crear un estado nuevo. Y una de las muchas cosas que hemos de cambiar es volver a la hora que nos corresponde, a la hora que cambiamos por agradar a Hitler. Que vuelva a amanecer a las seis.


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