Nostalgia del Reino

Ford

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Escribía hace unos días Arturo Pérez Reverte en su blog que “para mí, John Ford sigue siendo literalmente Dios padre. Y John Wayne, por supuesto, su encarnación sobre la tierra”.

Quizás yo elegiría otras palabras, pero el fondo es el mismo. Veo a Ford como uno de esos genios absolutos, que aparecen una vez por siglo. Como un Leonardo, un Shakespeare, un Beethoven. Alguien que no pertenece a la misma categoría que sus contemporáneos (y hablamos de genios como Hitchcock, Wilder o Renoir), sino a un escalón superior, cuyas obras seguirán vigentes  dentro de miles de años, igual que seguimos estremeciéndonos con Homero o Eurípides.

Lo que marca este escalón superior, diría, es la Verdad, la capacidad de dejarnos atisbar lo que de verdad es el hombre, la vida, el mundo, los dioses, más allá de nuestras percepciones torcidas, nuestros autoengaños, nuestras modas pasajeras.  El genio que te rescata de un bosque, donde te has perdido a la mitad de tu vida, y te guía abajo y arriba.


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