Nostalgia del Reino

De Platón y Nietzsche

Releyendo mi último entrada, me doy cuenta de que no he dejado a Platón atrás. De ser así, no habría escrito “la Verdad”. No escribiría de ese mundo real, perfecto, que los comunes mortales no llegamos a ver.
¿Cuándo descubrí a Platón? De siempre diría. De niño me fascinaba la leyenda de la Atlántida, la vieja civilización inundada. El Reino Perdido, ¿no? El mito que siempre me ha acompañado. Leer en el instituto el mito de la caverna en un librito de los textos que podían caer en la selectividad, y al fin, en la Universidad, leer sus libros, caer rendido ante esa búsqueda, esa exigencia de la perfección. Me decían entonces que yo era platónico, y sabía que tenían razón. Fue un placer ver, en mis últimos años de carrera, que no estaba sólo, que ese vicio lo compartían muchos de los grandes. Recuerdo un ensayo de Heisenberg en el que postulaba que, tras sucesivas divisiones de la materia (moléculas, átomos, partículas elementales, los quarks que aún no se conocían…) lo que quedaría al final (¡al principio!) no sería materia como la que conocíamos, sino el ideal platónico de la materia, el verdadero componente del cosmos. Y al profesor Alberto Galindo, saltando de repente, en una clase de cosmología, a hablar de los pitagóricos, de los acordes, los significados de los números. No nos bastaba con este mundo de sudor, sangre, donde estábamos perdidos.
Este platonismo mío adolescente tenía, me temo, mucho que ver con la frustración, del no amar este mundo, esta vida. Probablemente leía más lo que deseaba leer que lo que estaba en el papel. Quizás ahora sea el momento de releer a Platón, e intentar leerlo con otra luz, fuera de la caverna en la que entonces estaba.


¿Y la referencia a Nietzsche del título? Porque esta mañana, leyendo el monográfico sobre Wagner del Babelia, me he acordado de mi otro amor filosófico adolescente. Nietzsche, al que quizás sí he dejado atrás. O al menos, a la interpretación que entonces tenía de él, ese “yo contra el mundo que no me comprende, contra las masas que no entienden el mundo, la vida”.

Me pregunto, ¿alguna vez leemos lo que los filósofos, lo que cualquier escritor, quería escribir, sin buscarnos a nosotros en el libro? ¿Somos capaces de leer las palabras, o tan sólo nuestro reflejo en ellas?


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