Nostalgia del Reino

Dos apuntes sobre Juliano

I

Leo de la “Historia de la Decadencia y Caída del Imperio Romano”, de Gibbon, como Juliano fue aclamado emperador (al principio, como tantos otros, contra su voluntad: el que te tendieran la púrpura no tenía marcha atrás, era el triunfo o la muerte) en las calles de París, ese mismo París que tantos otros emperadores vería en los siguientes siglos.

Europa, me recuerda esta escena, no es ese sueño de señores feudales y cruzados que los bárbaros construyeron sobre las ruinas de Roma, jugando con sus castillos sobre las ruinas del mundo clásico. En algún momento nos han convencido de que somos la periferia, que los verdaderos europeos están en Berlín o Copenhague, pero Europa, muchos siglos antes de que Berlín existiera era Roma y Atenas. Y Marsella, Córdoba, Siracusa. Y también Antioquía, Damasco, Alejandría, Leptis Magna.

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(Imagen: “Juliano el Apóstata presidiendo una conferencia de sectarios”. Edward Armitage, 1875)

II

Con Juliano, atravesado por una lanza en la lejana Persia, en una batalla innecesaria, llevado por una hybris indigna de su figura de rey filósofo (muy poco antes había recibido una oferta de rendición de los persas que rechazó, intentando seguir el camino de Alejandro), muere la última esperanza del mundo clásico. Después todos los resortes del poder serían usurpador por una religión oriental que ya comenzaba a ser corrompida por ese mismo poder. El Imperio duraría mil años más, pero el mundo que lo había creado agonizaba. 


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