Nostalgia del Reino

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Todavía me persigue True Detective, esa maravilla cinematográfica en ocho episodios 1, las hipnóticas imágenes de ese fin del mundo que es Louisiana, las tremendas interpretaciones de esos McConaughey y Harrelson tocados aquí por Melpómene.

Pero, sobre todo, ese sentido de la épica que nos remite a una de las intocables cumbres de este arte, a Ethan Edwards y Martin Pawley recorriendo la desolación durante años y años. Dos hombres entregados a una misión, viajando en soledad mientras los años pasan, mientras su vida desaparece y se convierte simplemente en la causa, sin saber ni importar si habrá algo después, si habrá sitio para ti en el mundo cuando todo termine porque las vidas de los demás avanzan mientras te quedas atrás, buscando, luchando2.

Es, otra vez, el taimado Odiseo y Telémaco batallando por volver al hogar, por rehacer el orden en el mundo, por regresar al (¡ay, las obsesiones que nunca se van!3 ) Reino Perdido.

Es, como Cohle cuenta a Hart al final4, parte de la historia más antigua de todas: la de la lucha de la Luz contra la Oscuridad.

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1. No sé bien qué dice de nuestra sociedad el que la calidad cinematográfica se haya trasladado de esa manera del cine, de una experiencia compartida, a nuestros aislados salones

2. Al final, tanto Edwards como Cohle se alejan, solos, sin saber si realmente habrá un lugar para ellos en el mundo que han, de alguna manera, salvado, mientras Pawley y Hart, que han sacrificado menos, pueden quedarse, regresar a disfrutar de lo que han ganado. Lo mismo que sucede con Frodo y Sam. Al final, las historias que se quedan, los mitos que nos enseñan a vivir, son pocos, y sólo hacemos variaciones sobre ellos.

3. Pero no puede irse: la llevamos en el color de los ojos, en cada amor, en todo lo que profundamente atormenta y desata y engaña.

4. En un homenaje al gran Alan Moore.


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