Nostalgia del Reino

Inflexiones

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(Hölderlin en 1792, retrato de Franz karl Hiemer. Fuente: Wikipedia)

Un claro punto de inflexión en mi vida fue cuando, hacia los veinte años[1], Hölderlin sustitituyó en mi corazón a Goethe[3]. Creo que fue cuando comencé a convertirme en un hombre, a intentar poner orden en el corazón, a por fin considerar ese “Nada en exceso”  como una verdad y no como debilidad, a buscar la humildad y despreciar el egoísmo, a aprender que no puedes tener todo lo que deseas, a buscar la paz dentro de esta larga derrota que es la vida.



Sólo en la simple limitación de la infancia 
encontré todavía las melodías puras… “es mejor, me dije, convertirse en abeja y construir su casa con inocencia que reinar con los dueños del mundo y aullar con ellos como con lobos, mejor que domesticar pueblos y ensuciarse las manos en esta materia impura”; quería volver a Tina para vivir en mis huertos y mis campos.



(Los dueños del mundo, para los que no hay reglas, para los que no existe el Otro, salvo como presa, que toman, no ya lo que su corazón anhela, sino lo que su caprichoso espíritu les pide en cada momento, sin reparar en las consecuencias, en el dolor causado. Aullan y aullan, destruyendo, hiriendo, y sus aullidos son todo lo que escuchamos, y nos enseñan a admirarlos, adorarlos, amarlos, y aceptamos pagar el precio por su depredación.)





[1] ¿un poco antes? ¿un poco después? No sabría decirlo. Sé que leí el ejemplar de Hiperión que había en la magnífica biblioteca del Jhonny[2]. Y que cambió mi vida para siempre. Que llené de citas mi diario de la época, uno de esos cuadernos que destruiría años después, en un momento en que creí que así podría escapar de las Erinias.

[2] El Jhonny, cerrado, un sacrificio más a esos aullantes amos del mundo.

[3] Nunca del todo, claro. ¿Cómo olvidar cosas como ese

¡Qué niños somos, verdaderamente, y qué valor tan elevado damos a una mirada! ¡Qué niño es el hombre! […] Yo buscaba los ojos de Carlota y vi, ¡ay!, que se fijaban o más bien que erraban de un lugar a otro, pero que nunca, ni una sola vez, se detenían en mí, yo que no veía más que a ella! ¡Mi corazón la saludaba mil veces y ella no me miraba! El carruaje nos adelantó y una lágrima humedeció mis ojos. Yo la seguí con la vista y vi el tocado de su cabeza fuera de la puerta, inclinándose para buscar, para ver… ¿A quién? ¿A mí? ¡Oh, amigo! Estoy flotando en esta incertidumbre, misma que es mi consuelo. Quizá era a mí a quien buscaba… a mí a quien quería ver… ¡Tal vez! Buenas noches. ¡Qué niño soy!

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