Nostalgia del Reino

Virtudes

Dice Spinoza en su Ética que “La felicidad no es un premio que se otorga a la virtud, sino que es la virtud misma”. Quizás con los años, con los golpes de la vida, voy entendiendo mejor qué quería decir.

Una de las cosas para las que nuestros padres, la sociedad en general, no nos preparan, es para el fracaso. Te enseñan que tienes derecho a ser feliz, que si te esfuerzas lo bastante lograrás puedes alcanzar tus sueños, que a la virtud sigue siempre la felicidad. De alguna manera, te enseñan que el Universo te lo debe, que el premio está allí, esperándote.

Y el corolario de esto es que quienes no lo logran es porque lo merecían, porque no han luchado lo suficiente, porque no han dedicado suficiente energía, o se han rendido antes de tiempo.

No es así. Es indudable que cuánto más te esfuerces más probable  es la victoria, pero no hay absolutos. Puedes dedicar tu vida, tu alma, a una causa, y fracasar y ser absolutamente destruido. Y ¿quién te puede culpar? ¿quién te puede reprochar nada cuando has dado todo lo que tienes, cuando ya no queda nada más que dar y la guerra está perdida? (generalmente nosotros mismos lo hacemos , nuestros más implacables y terribles  jueces) . Y a veces puedes lograr el premio sin ningún esfuerzo (y difícilmente te harán de verdad feliz esos premios). Quizás haya un patrón que no somos capaces de ver. O quizás sea el cruel azar el que lo gobierne todo, sin que nosotros importemos nada. Quizás no haya un patrón, sólo el eco de una explosión sin objeto.

Así, la felicidad no es un premio que podamos ganar, sino una virtud más. Y las virtudes, todas ellas, han de ser ejercidas no porque haya un premio al final, sino porque es lo correcto, nuestra obligación como humanos, incluso cuando puedan ser un estorbo en tu camino. Diría incluso que especialmente entonces, cuando la virtud sea un freno a tu triunfo, porque entonces nuestro este sería con certeza a costa del dolor y el fracaso de otros.


Share this: