Nostalgia del Reino

Morfinas

Ayer, en un capítulo de los Soprano, uno de los personajes estaba en el hospital tras recibir varios balazos. Recibía la visita de Carmela, la mujer de Tony Soprano, que le hablaba del horror de sus vidas, de Dios, el Mal, la posibilidad de redención. Él intentaba huir de la única manera que le era posible allí, y pulsaba con insistencia y desesperación el botón que liberaba más morfina en sus venas. Hay momentos en los que no quieres pensar ni sentir, ni, si fuera posible, estar.

Esta mañana, mientras caminaba en la oscuridad, pisando hojas mojadas, caminando hacia el horror cotidiano de la oficina, me di cuenta de que mi gesto pulsando insistentemente el botón de los auriculares era exactamente el mismo. La misma desesperada insistencia. Yo no tendría morfina, pero sí a Beethoven, lo más alto posible.

El alemán de Bonn (así lo llamaba José Hierro en un poema que me fue regalado hace muchos años) no nos oculta el Horror, ni nos protege del mismo, pero sí es capaz de, por unos instantes, hacernos creer que somos lo bastante grandes para vencerlo.


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