Nostalgia del Reino

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La cocina fue, desde niño, una de mis pasiones. Ya de muy pequeño experimentaba con batidos (eran los ochenta, y todavía se dejaba a los niños acercarse a una batidora) y zumos (de ese Manual de los Jóvenes Castores que tantos niños de los ochenta teníamos). Mi madre tenía una enciclopedia de cocina de muchos tomos que me fascinaba, la hojeaba constantemente, y disfrutaba proponiéndole los menús de las fiestas.

Y en cuanto me lo permitieron, comencé a acercarme a los fogones. Aprendí a hacer tortitas, que preparaba a mi hermano y mis primos, pasta (en mi adolescencia me preparaba todas las noches un plato de pasta distinto, de un libro de recetas que mi madre tenía, creo recordar que de propaganda de una marca de pasta. Contra lo que hoy cualquiera pensaría, eso me sirvió para adelgazar).

Y ya de adulto, comencé a probar platos cada vez más complejos, a experimentar con ingredientes y sabores. Mi madre, orgullosa de mí, solía decir que cocinaba mejor que ella, que había heredado ese talento en la cocina de mi abuela (a la que yo no llegué a conocer), que se había saltado una generación.

Hace un rato cocinaba solo, escuchando a la Callas, en la vieja cocina de madre, que ella ya no pisará más, setas en escabeche, el entrante para la cena de Nochebuena más difícil de mi vida. La sensación era a la vez de dolor, intenso y terrible, y de una extraña y esperanzada paz. Y, según el aceite se calentaba y el olor a vinagre iba poco a poco desapareciendo, tal vez más paz que dolor.


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