Nostalgia del Reino

Arrival

Arrival, del canadiense Denis Villeneuve, me ha sorprendido por su complejidad, su profundidad. Donde esperaba una buena película de ciencia ficción sobre uno de mis temas, el Primer Contacto, he encontrado una reflexión sobre la humanidad, sobre el tiempo, sobre (no entraré en más detalles por no destripar la película) el valor de la vida, que triunfa sobre el dolor y las desgracias.

Arrival

Sobre ese Primer Contacto, es algo que me persigue desde que era ese niño que adoraba a Spielberg (lo sigo siendo, supongo). Spielberg ha hecho las dos mejores películas sobre el tema: ET, por supuesto (que me parece una obra absoluta, una de las mejores películas de todos los tiempos, y de las más infravaloradas), y también absolutamente magnífica Encuentros en la Tercera Fase.

Una de las cosas que espero de mi vida, antes de morir, es ese Primer Contacto. No espero algo grande, platillos volantes apareciendo sobre las capitales mundiales (aunque, ¿por qué no?), pero sí algo, una señal de que no estamos solos. Un fósil en Marte. O quizás algún tipo de vida bajo los hielos de Europa o Titán. Encontrarla, aunque fuera una bacteria quimiosintética viviendo en un volcán en Titán, sería la noticia más importante de la historia de la Humanidad. El saber que no estamos solos. Que no somos el centro del Universo. Porque la vida no puede existir en dos planetas, sería una casualidad demasiado enorme. Si halláramos vida en algún lugar del Sistema Solar, es que es algo común, tremendamente común, que florece en muchísimos planetas del Universo. Así lo creo yo. O, al menos, lo deseo.

Porque la alternativa, el que estemos solos, es demasiado trágica, demasiado aterradora. La Tierra, el Sol, nosotros, no duraremos siempre. ¿Y después? ¿Quién mirará a este Universo? ¿Quién se asombrará de su belleza?

Von Trier, a quien cada vez soporto menos, expresó, sin embargo, perfectamente ese horror en Melancolía:

That I know things. And when I say we’re alone, we’re alone. Life is only on Earth, and not for long.


En Arrival, una magnífica Amy Adams interpreta a Louise Banks, linguista a quien se encarga descifrar el lenguaje de los extraterrestres que visitan la Tierra, hasta ser capaz de comunicarse con ellos. En la película, no creo que eso sea una gran revelación, Banks lo logra. ¿Seríamos capaces de algo así los humanos? Aquí soy mucho más pesimista. Aún suponiendo que el lenguaje sea algo universal, y no exclusivo de este planeta, no sé si una vida extraterrestre, con la que no tenemos nada en común tendría lo bastante en común con nosotros como para poder comunicarnos. Las matemáticas, creen muchos, podrían ser ese código universal que nos abriera las puertas del entendimiento. Pero, ¿lo son? ¿son las matemáticas un reflejo inequívoco del Universo, o sólo de nuestra percepción del Universo? Y, sin son lo segundo, ¿no podría ser la percepción de una especie extraterrestre tan alejada de la nuestra que no tuviéramos ningún concepto común? Temo, y ojalá me equivoque, que la realidad de este contacto tuviera más en común con La Voz de su Amo, de Stanisław Lem, que con el Contacto de mi maestro (maestro porque fue por él por quién me hice físico, por quien soy mucho de quien soy hoy en día) Sagan.


En esos días veo, poco a poco, Star Trek: La Nueva Generación. En mi adolescencia, una vez que el terror de la guerra nuclear, del final del planeta, parecía superado, ese era el futuro prometido: el ser humano en el espacio, en un mundo unido, sin guerras, ni dinero. No sólo un mundo unido, sino una galaxia unida, donde la Humanidad y otras especies vuelan juntos, hermanados. Donde los héroes, aún llevando armas, las usan siempre en modo aturdir.

¿Qué nos ha pasado para echar a perder ese sueño? ¿Por qué no nos damos cuenta de una vez de lo absurdas que son nuestras fronteras, nuestras riñas? Esa es, tal vez, mi esperanza. Que si encontrarámos vida, o la vida nos encontrara a nosotros, nos demos cuenta al fin.


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