Nostalgia del Reino

Peligros

La semana pasada terminó con una noticia terrible: el fin de la excepcionalidad española: ya tenemos un partido fascista con representación parlamentaria, y con un aterrador 11% de los votos.

Supongo que era inevitable, que no podíamos mantener ese estado de normalidad democrática frente a este enemigo que está atacando en todo el mundo. Una de los comentarios que más se escuchan sobre esto es que es culpa de las elites liberales internacionales, de que en la globalización se está axfisiando al pueblo, y que la izquierda se ha olvidado de la gente normal y ahora se dedica a defender a las minoría (que, parece, no entran dentro de esa categoría de gente), que es un voto protesta, de furia, pero no que no corresponde a la verdadera ideología de sus votantes. Lo siento, pero no es excusa. Una de las condiciones del voto es ser mayor de edad, se te asume una cierta madurez. Por definición, si puedes votas, es porque se asume que sabes lo que estás votando.

No hay 400.000 andaluces fascistas en Andalucía, dice Errejón. La realidad es que no importa. No hace falta 400000 fascistas para destruir la democracia, basta con uno, y suficiente gente a quien no le importe. Y lo que hemos visto en Andalucía, es que hay demasiada gente a quien no le importa. Que les puede parecer, cuanto menos, un mal menor a cambio de contener a los nacionalistas catalanes (porque el único nacionalismo malo, por supuesto, es el de los demás), a los moros, a las feministas, o a quien sea que ven como su enemigo.

También se dice que VOX no es fascista, que acepta la Constitución, que simplemente es un partido a la derecha del PP. Pero ya hemos visto esta historia, y no hace falta remontarnos al siglo XX. En Polonia, en Hungría, en Turquía, en Venezuela: no hace falta rechazar el estado de derecho desde el principio. La estrategia ganadora hoy en día es aceptarlo, hacerte con él, e ir socavándolo poco a poco, hasta que lo único que quede de él sean unas elecciones ficticias, y un oposición simbólica.

La única respuesta aquí es no normalizar el fascismo (aunque temo que ya sea tarde para ello, y no justificarlo. Tratar a sus votantes como adultos, no como a niños enrabietados. Y parte de ser adulto es afrontar las consecuencias de tus actos, y asumir que puedes equivocarte, que eres capaz de hacer el mal.

Estos partidos se nutren del odio y el miedo a las diferencias, que son, en realidad, odio y miedo a uno mismo. Esa ruptura del pueblo uniforme (que, según los nacionalistas, tiene un voluntad y una sola voz), te obliga a enfrentarte a ti mismo no como miembro de una masa uniforme y pura, sino como un individuo, con sus propias diferencias, imperfecciones, y errores. Es más fácil , más confortable, adormilarse con la canción de cuna de la tribu, sentir que uno no es yo, sino nosotros, que hemos estado aquí siempre, que hacemos las cosas bien, la gente común, la sal de la tierra, ¿cómo no vamos a tener razón?.


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